《30》

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Maite giró lentamente. Ante ella estaba una mujer alta, impecable, con una sonrisa de quien se siente dueña del terreno de juego. Camila. La modelo, la influencer, la sombra mediática que llevaba meses persiguiéndolo y que Maite apenas hace un día se acaba de enterar de que existía.

La mujer avanzó hacia ellos con la parsimonia de alguien que no pide permiso, ignorando deliberadamente la presencia de Maite. Richard, atrapado en el centro, parecía querer desaparecer, mientras la incomodidad en sus ojos confirmaba que la pesadilla de los titulares inventados acababa de saltar de las pantallas de internet al mundo real.

Maite sintió un escalofrío: aquella no era una visita de cortesía, y por la mirada que Camila le lanzó al pasar a su lado, supo que la verdadera prueba no estaba en la distancia de Madrid, sino en el peligro que acaba de aparecer frente a sus ojos.

Maite sintió que cada músculo de su cuerpo se tensaba, convirtiéndose en una cuerda de piano a punto de romperse. Camila. La misma Camila de la tarjeta, la del labial rojo que había acechado sus pensamientos durante semanas. Verla allí, en persona, tan insultantemente hermosa y cómoda, fue un golpe que tuvo que procesar en milésimas de segundo.

—Richard —saludó la modelo, acercándose con una naturalidad que a Maite le resultó casi ofensiva.

Richard se giró, visiblemente sorprendido, pero manteniendo la compostura.

—Camila.

—Hace mucho que no te veía —dijo ella con una sonrisa perfecta.

—Sí, un tiempo —respondió él, cortante.

Maite esperaba un momento de tensión, un cruce de miradas asesinas, pero la situación tomó un cauce extrañamente cordial. Camila saludó, Richard hizo las presentaciones con una formalidad técnica, y la modelo le extendió la mano.

—Mucho gusto, Maite. He escuchado mucho sobre ti.

—Espero que cosas buenas —respondió ella, intentando sonar tan natural como su interlocutora.

—Las mejores —aseguró Camila antes de despedirse con un gesto elegante para seguir su camino con un grupo de patrocinadores.

En cuanto la figura de la modelo se perdió entre la multitud, Richard soltó un suspiro, pero Maite ya tenía los brazos cruzados y la mirada clavada en él.

—¿Qué? —preguntó Richard, claramente nervioso.

—Nada —respondió ella.

—Mai, te conozco.

—Y yo a ti, Richard, más de lo que crees.

Maite no pudo sostener la seriedad y soltó una carcajada cargada de ironía.

—¿Ella es la Camila? ¿La de la tarjeta que encontré en tu clóset?

Richard abrió los ojos como platos, recuperando la memoria en un instante.

—¿Revisaste mis cosas?

—¡No estaba revisando, estaba organizando! —se defendió ella, aunque el argumento sonó tan endeble como siempre.

Tras un tira y afloja lleno de reproches cómicos, Richard suspiró, rindiéndose.

—Sí, es esa Camila. Y sí, la invité a salir. Hace meses, cuando estaba convencido de que me odiabas y que nunca volverías a mi vida.

La punzada en el estómago fue real. Richard, al notar el cambio en su expresión, dejó de bromear y apoyó ambas manos en sus caderas, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Salimos tres veces. Es una gran mujer, inteligente, divertida... pero no eras tú. Cada vez que salía con ella, terminaba hablando de ti. La tercera vez, fue ella quien me dijo que me veía perdido, que seguía enamorado de otra persona. Y tenía razón.

𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora