La luz de la madrugada en Washington D.C. se filtraba por las rendijas de las cortinas, pintando rayas de plata sobre las sábanas desordenadas. El silencio de la habitación no era el vacío que habían compartido durante años, sino un espacio pleno, saturado de la calma que solo llega después de una purga emocional definitiva. Richard, apoyado sobre un codo, observaba a Maite mientras ella, aún atrapada en ese limbo entre el sueño y la vigilia, buscaba instintivamente su cercanía, acomodándose contra su pecho como si fuera el único ancla en el mundo.
—Buenos días, preciosa —susurró él, rozando con sus dedos la curva de su mandíbula.
Maite soltó un suspiro profundo, un sonido que llevaba el peso de mil noches de insomnio. Sus ojos se abrieron lentamente, aún nublados, pero enfocándose de inmediato en la presencia que, tras años de ser solo un recuerdo, ahora ocupaba toda la habitación.
—Cinco minutos más... —murmuró ella, con la voz pastosa—. Solo cinco minutos para fingir que no tengo una transmisión en tres horas.
Richard soltó una risa baja, un sonido que vibró en su pecho y que ella sintió contra su propio cuerpo. —Llevas diciendo cinco minutos más desde que te conocí cuando no quieres levantarte. ¿Cuál es tu técnica de negociación favorita para evitar la realidad?
Maite abrió ambos ojos y se estiró, sintiendo cómo la tensión de años de carrera y viajes se disolvía. —¿Y qué quieres que haga? La realidad es mucho menos interesante que este momento. Además, ¿cuántos "cinco minutos" nos perdimos, Richard? ¿Cuatro años? ¿Seis?
El aire en la habitación cambió sutilmente. Richard dejó de sonreír, aunque no retiró la mano de su mejilla. —No los cuentes, Mai. Si empezamos a sumar los días que estuvimos en ciudades distintas, vamos a terminar peleando otra vez, y juro por mi vida que no voy a desperdiciar este día en discusiones.
Maite se incorporó un poco, apoyándose contra la cabecera. —No quiero pelear. Solo quiero entender. ¿De verdad creías que todo lo que te dije sobre que el Flamengo te eligió por lástima? ¿Que yo solo era una periodista buscando una nota fácil cuando me aparecí en aquel entrenamiento?
Richard suspiró, pasando una mano por su cabello alborotado. —Estábamos rotos, Maite. Yo pensaba que tú habías venido a burlarte de mí, después de ver cómo estuviste en el momento de la lesión y cómo me hundía. Aunque tú... tú venías con esa armadura de hierro, tratándome como si fuera un expediente más a punto de ser archivado como otra promesa del fútbol colombiano que se ha hecho a perder. ¿Cómo no iba a ser un idiota con todo ese veneno en el ambiente?
—Yo no quería ser tu verdugo, Richard. —respondió ella, y sus ojos se humedecieron—. Quería ser alguien a quien pudieras mirar sin ver tu propio fracaso reflejado. Cuando te vi en el suelo, en aquella cancha de Mazatlán, no vi a un futbolista lesionado, vi al niño que yo amaba rompiéndose en pedazos. Y como no podía arreglarte, te odié por obligarme a ver cómo te desmoronabas.
Richard se acercó, cerrando el espacio entre ellos, y rodeó su cintura con sus brazos. —Fue una locura. ¿Te acuerdas de cuando querías pedirle permiso a tu papá para mudarte a Brasil? Recuerdo la cara que pusiste cuando te lo dije, como si estuviera sugiriendo un suicidio profesional.
Maite soltó una carcajada, una nota alta y cristalina que rompió la melancolía. —¡Es que era una locura! Tenías diecinueve años, Richard. ¡No podías ni lavar tu propia ropa! Si te hubiera seguido, habríamos terminado viviendo debajo de un puente o en un apto demasiado pobre.
—Pero habríamos estado juntos —replicó él, con un brillo de desafío en los ojos—. Mi mamá todavía guarda aquel dibujo que hiciste en una servilleta de cómo sería nuestra "casa" en Porto Alegre. Un balcón, una cancha de fútbol y una biblioteca. Dijiste que necesitabas una biblioteca para tus libros.
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𝙳𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚒𝚘 𝚊𝚕 𝙲𝚒𝚎𝚕𝚘 || 𝚁𝚒𝚌𝚑𝚊𝚛𝚍 𝚁í𝚘𝚜
FanfictionUna historia en donde la pasión, el amor y las ganas de salir adelante son las formas primordiales para esta pareja que quiere dejar atrás su pasado. Una promesa de infancia, un adiós lleno de orgullo y cinco años de silencio. Maite y Richard fueron...
