XXXVI

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Cada día que iba a visitarte me repetias lo mismo: "Dile a Asher que gracias".

Llegué a pensar que lo hacías para hacerme sentir peor.

Porque así era.

Un sentimiento me invadía cada vez que lo decías, como si Campanilla arañara mi pecho desde el interior.

Me arrepentí una y otra vez por no ser yo el que te salvase en esa ocasión, ya no me sentía tan héroe para ti.

Lo primero que aprendí ese día fueron los celos, te dedicaste a explicarmelos, a tu manera.

Luego te acercaste a mi dispuesta a darme un "dedal", pero cambiaste de parecer a mitad de camino.

A mi me daba curiosidad saber lo que era, ya que según tu era algo que me quitaria los celos de encima y no era algo material.

No podía ser otra cosa que magia de niñas.

Me explicaste que tenía que hacer, y decidido me acerqué a ti.

Pero recordé que eso es lo que le hizo Bernarda a Atanasio, y que tras eso se habían jurado embejecer juntos, por lo que antes de que nada pudiera ocurrir, paré.

Acababa de empezar a admitir que quería crecer, no podía embejecer tan rápido.

Sin embargo, eso me hacía pensar que tu tambien sentías ese raro revoloteo del pecho cuando yo sonreía.

Wendy, creo que al huir enrojecido de tu ventana era capaz hacer hervir el agua del lago de las sirenas si me metía.

Cartas a Wendy [#1.5]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora