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Creo que tú y yo nos comprendimos tan bien por la incomprensión de los demás.
Vivíamos en el negro porque era la única manera de hacernos brillar.
Hacíamos arte de nuestro dolor, de la frustración. Odiábamos para inspirarnos porque éramos los únicos capaces de ver la belleza en el desastre, y el desastre que en realidad era el arte.
Tal vez por eso veíamos lo bonito del uno en el otro. Y llegó a gustarnos.
Convertimos la incomprensión de los demás en nuestra complicidad. Los silencios dejaron de estar en silencio. Dejamos de leer palabras, y lo hicimos entre líneas. Las palabras se convirtieron en promesas por sí mismas.
Y me jode hablar en pasado cuando una promesa es para siempre. Y me jode haber descubierto que fuimos unos idiotas creyéndonos más listos.
Y es que cariño, no sabíamos que el para siempre no tiene futuro. Que solo existe el presente y el pasado lo hace en los recuerdos. Que no hay ninguna espada o pared, que solo se elige por qué precipicio prefieres caer.
Y es culpa mía, supongo, es cierto.
Estaba tan harta que lo único bonito que tenía era lo que surgía de mí. Mis palabras, mis mentiras, mis dibujos o poesía.
Deseaba tanto sentir lo que fingía estar sintiendo. Así que decoré mis manos con sortijas y cosas bonitas, e incluso fingí tener una voz bella. Vivía en el negro, pero prefería vestir de color.
Quería dejar de hacer arte. Quería sentirme arte.
El problema es que tú eras el único que lo sabía.
Nuestra complicidad se convirtió en traición.
Borré las líneas, llené el silencio de música que no entendía. Convertí todas mis promesas en mentiras.
Así que si tenía que elegir, elegí empujarte a ti a la oscuridad. Y lo siento, de veras.