XXXII

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**Vi Lexington**


"¡Oh celos, de amor terrible freno,

que en un punto me vuelve y me tiene fuerte; (...)"

¡Oh celos!, Garcilaso de la Vega.


Me concentro de inmediato en hacer todas las mezclas, rehaciendo todo el proceso que había hecho hace apenas unos meses, lo único bueno de todo esto, era que tenía todo los procesos anotados en mi investigación.

—¿Necesitas ayuda, Vi? —niego con la cabeza y aplico con la pipeta más de la mezcla.

—Gracias —continúo durante horas y horas, esperando a que Joe no se le ocurra hacer alguna aparición que me distraiga.


Cuando por fin reúno todos los tubos de ensayos en la rejilla, me relajo un poco y sigo con la investigación en mi computadora, detrás de mí, escucho la voz de mi acompañante.

—Es hora de que me vaya —asiento con la cabeza y le doy un pequeño beso en la mejilla para seguir pegada a mi computadora.

—Ten cuidado, que tengas un buen fin de semana.

—Igualmente, ¿tienes planes? —niego.

—Nada en concreto, ¿tú? —niega.

—¿Te llamo después y vemos si salimos?

—Claro...

—Vale, te llamo mañana temprano.

—Vale —continúo en mi computadora, cuando un mensaje de Joe me saca del limbo.

"Hola, bonita. No podré ir por ti este día, será mejor que salgas lo más temprano que puedas. J."


Después de una hora empiezo a guardar mi computadora, esta vez decido adelantar más trabajo desde la computadora que me ha prestado la escuela.

Guardo la memoria USB en la pequeña bolsa de mi blusa a cuadros y cuelgo mi mochila en mi hombro.

Me despido del guardia de seguridad de la escuela y camino por el callejón que me lleva a la parada del autobús, cuando un movimiento extraño en la oscuridad me pone en alerta.

Aminoro la velocidad de mis pasos y veo que de nuevo la silueta se mueve contra la pared, doy media vuelta aterrorizada y tratando de no hacer ruido con mis pasos, intento salir del callejón, pero ya he recorrido más de la mitad, lo cual provoca que sienta que quiera correr el enorme kilómetro que detecta mi cabeza.

Acelero mi ritmo y a lo lejos escucho unas pisadas veloces, doy un vistazo hacia atrás; y es cuando intento correr lo más que puedo, la nieve de las calles hace que todo sea más resbaloso y peligroso.

A cómo puedo corro cada vez más rápido, cuando un fuerte jalón me tumba sobre el piso, haciendo que mi espalda casi cruja con el golpe.

—Dame la bolsa —se la doy sin dar una mínima pelea y la toma burlón.

—Suéltame —intento empujar al hombre de capucha, con una bufanda cubriendo su rostro.

—¿Nos divertimos un rato? —pataleo contra el piso, solo provocando que la nieve se mueva veloz bajo mis pies.

—¡Ayuda! —grito aterrorizada.

—Cállate —cubre mi boca con su mano enfundada por un guante de piel.

Eres hermosa para míDonde viven las historias. Descúbrelo ahora