Siguió besándome al ver mi titubeo, sabe cómo hacerme perder la cabeza. Su mano ansiosa subió un poco mi blusa hasta tocar mi piel, se sintió tan bien que ya no pude pensar en más nada, solo quería continuar y que él me enseñara el cielo que ya compartimos.
Yo lo besaba casi con la misma intensidad que él, crucé mis brazos sobre su cuello y me junté a su pecho, su otra mano bajó rápidamente al otro lado de mi cintura y subió decidido mucho más hacia mi pecho, casi hasta mis dos pequeñas montañas. Me emocioné tanto que tuve que dejar de besarle para soltar un sonido de placer.
Notando ya mi entrega total, rodeó uno de mis pechos y luego lo tomó con cariño, me besó tan apasionadamente; estaba muriendo justo allí, en sus brazos, en los brazos de Morfeo.
Luego se convirtió en un hombre, en un simple mortal deseoso de su amada, estaba ardiendo, se veía tan perdido en mí como yo en él; en un movimiento rápido se deshizo de mi blusa, dejando al descubierto mi piel, mis pechos, mis hombros. Se dedicó un minuto a observarme, luego a dejarme pequeños besos desde mi cuello hasta mi pecho desnudo. Ahí sentí todo mi deseo por él, se notaba incluso en mi sexo.
Se quitó su suéter ansioso, y nuestros pechos se unieron, piel con piel, madre mía. Mi amado Morfeo, a quien deseaba solo su aroma, sus brazos, sus ojos o su voz. Estaba aquí y ahora dándome algo que nunca imaginé, rompiendo mi control y mi pudor.
Me quitó el resto de la ropa casi enojado, le molestaba esa tela que nos impedía sentirnos por completo, él tampoco tardó en quitarse el resto. Allí estábamos, disfrutándonos, saboreándonos, sintiéndonos, como nunca antes. No sé en qué momento estábamos acostados en el suelo, solo besándolo como a nadie, él llevando su mano a cada rincón de mi cuerpo, haciendo que me desesperara por su toque.
Ya no sabía cómo respirar, cómo besarlo, cómo soltar cada sonido de pasión, hasta que se posicionó y se unió a mí de la única manera en que dos amantes y su libido pueden permitirlo.
Estaba perdida, completamente perdida, en él, en la sensación extraordinaria, en su ritmo, en su ardiente piel, en sus labios deseosos, me dejé llevar, me entregué enteramente, le di todo justo en ese momento, lo amaba, con tanta intensidad. Me estaba enloqueciendo el hecho de ser uno.
—Te amo, Leia —dijo mientras recuperaba algo de respiración— eres la única mujer a la que he amado. No sabré vivir sin ti.
Sonreí como pude. Extasiada.
—Yo también te amo Morfeo, de una manera casi extraña y única, nunca antes experimentada, te amo.
Nos besamos, nos sentimos, nos entregamos al punto culminante de placer, nos sonreímos, y allí, en nuestro nido de amor nos dormimos.
Sí, yo que estaba soñando me dormí, y él, el Dios de los sueños, durmió.
Allí, abrazados, después de entregarnos sin miedo, vi como cerró sus ojos y yo después de él.
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Oniros
Short StorySegundo libro. Es recomendable leer el primero "Morfeo". Si los sueños se hacen realidad... ¿la realidad puede ser un sueño?