Natalie estaba convencida de que si la habían atado, era simplemente como precaución a un segundo intento de su parte, por saltar del auto en movimiento. Aunque para ser justos, ellos tuvieron la culpa por no poner el seguro contra niños antes; ella solo vio la oportunidad en el semáforo y la tomó, lo que no esperaba es que justo en ese instante se hubiesen empezado a mover ¿Quién diría que fuese buena haciendo acrobacias extremas? Ahora llevaba un raspón en el codo derecho, le dolía el pie del mismo lado, y tenía una corbata amarrándole las manos y otra la boca.
Pero nada serio en realidad. Salvo porque estaba secuestrada... de nuevo.
Todavía no lo podía superar, Roland Taylor, galán del momento, perseguido por mujeres y hombres por igual, encantador (hijo de su mal dormir), y tremendamente obsesionado con otro sexy monumento a la perfección llamado Aarón; la secuestraba a ella, escritora sosa, agorafóbica, y con una clara aversión a su persona. Es que no existía una opción lógica, incluso cuando usaba su imaginación para dar con una.
Sin embargo, así estaban las cosas, y no tenía ni un gramo de buen humor para su tan descabellada suerte; especialmente, cuando alguna de sus neuronas se puso a prestar atención al paisaje dándose cuenta a dónde se dirigían: el aeropuerto.
El destino la odiaba, seguro... o ya que lo ponía en plan escritora profesional, la amaba. De manera rara, curiosa y retorcida, pero podía ser que si la amara.
-D=8&%($(...-. Al darse cuenta que todavía tenía una muy elegante corbata negra cubriéndole la boca, Natalie puso los ojos en blanco y levantó las manos para quitársela. -Díganme que no vamos al aeropuerto...-. Exigió colándose en medio de los asientos de enfrente. No estaba segura si planteárselo en plan terror, comedia, o romance. Era difícil, muy difícil...
Bautista, que llevaba el volante como todo un profesional de la seguridad con lentes incluidos, dejó escapar una risilla sin siquiera dignarse a mirarla.
-Te dije que le ataras las manos en la espalda...-. Sebastián replicó serio, pero con la sonrisa dibujada en la cara. -No vamos al aeropuerto...-. Terminó con el mismo tono que le da una madre a un niño cuando quiere darle por su lado.
-Estas mintiendo...-. Nat le miró suspicaz, mientras notaba como su estómago empezaba a dar vueltas innecesarias en su sitio, provocándole nauseas.
El guardaespaldas se quitó su cinturón, luego giró, y le reacomodó a la escritora la corbata sobre la boca. Ni siquiera la habían atado fuerte, obviamente porque entre sus planes lo que menos figuraba era herirla; pero ella se lo había buscado en medio de las escenas dramáticas que estaba haciendo. Tenía una lengua viperina fuera de serie.
-Solo respondo a tu petición...-. Le guiñó un ojo antes de volver a acomodarse en su sitio.
La escritora se dejó caer en el respaldo sintiendo que su corazón comenzaba a volverse loco, mientras miraba a su alrededor sopesando sus opciones. No iba a aventarse de nuevo por la puerta, en primera, porque ya le habían puesto el seguro contra niños, y en segunda, porque seguro no corría diez metros sin que la alcanzaban... eso del deporte no era su fuerte, menos donde no había lugar para esconderse.
Pero cuando la camioneta se detuvo, al igual que su tiempo para pensar, decidió que si no podía impedirlo, tampoco se las pondría fácil.
En un rápido movimiento, Natalie se quitó la corbata de la boca (otra vez), y comenzó a gritar como si su vida dependiera de ello, a la vez que se abrazaba como mono recién nacido a la espalda del asiento del piloto. No era sencillo, pero se las ingenió bastante bien para acomodar su cuerpo a modo que tanto manos como pies la sujetaban.
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Como en mis libros...
ChickLitCameron Cross, una famosa escritora reconocida mundialmente por sus historias que van desde fantasía épica, hasta romance paranormal, ha lanzado al mercado su nuevo libro, haciendo una entrada triunfal en el género de la literatura erótica. Ningún c...
