CAPITULO XXX

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Natalie sintió el momento exacto en que Nick entró a la tienda. No es que tuviera un sexto sentido ni nada por el estilo, solo que en primera, él le había enviado un mensaje para avisarle que iba en camino; y en segunda, el grupo de chicas que estaba atendiendo por poco y babean sobre sus órdenes.

La escritora no creía que hubiese muchos hombres que causaran ese efecto tan de novela erótica: llenar el aire con su presencia (loción, perfume, llámese como sea y de excelente gusto, que provocaba ganas de lamerlo cual paleta), bloquear funciones neuronales en las féminas, y avalanchas de hormonas calenturientas... no, no los había... pero Nicolas Conte se lucía en ello.

Así que tratando de mantener la cara de poker, evadiendo los brasiers que le lanzaban a su doctor (que de momento solo estaban en su cabeza, pero que al parecer las chicas consideraban seriamente en lanzarlos de verdad), y con sus neuronas histéricas tratando de averiguar que le iban a decir, ella giró con aire casual decidida a no verse como tonta, hasta que por poco y le hecha el café a la pobre mujer que estaba a su lado, en un movimiento de malabarista cómico circense.

No, es que para tragicomedias, su vida. Shakespeare seguro la hubiera amado como su musa...

El repiqueteo de las tasas no logró que la atención de la futura afectada se desviara de su objetivo, pues este comenzó a caminar hacia ella tan gallardo, que la incauta dejo de respirar tratando de asimilar su suerte. Pero si hasta le veía en cámara lenta. Por su parte, Natalie sentía que la sangre se le aglomeraba en las mejillas, al tiempo que exigía a sus reflejos hicieran el trabajo para el cual estaban diseñados.

El líquido estaba a punto de derramarse, cuando unas fuertes manos sujetaron las suyas dándole el apoyo que tanto necesitaba. Una en la bendita charola, y otra, sobre su cintura.

-¿Están bien?-. Nick, con su seriedad de depredador que le caracterizaba, miró atento de la escritora a las clientas: un suspiro colectivo seguido por un asentimiento de cabezas, fue lo que obtuvo como respuesta. Él imitó el gesto con una sonrisa educada; para luego centrarse completamente en su chica. -Hola-. Susurró para luego darle un beso en la comisura de los labios; un impulso que simplemente no pudo resistir, y un lujo que disfrutó al ver su reacción.

Ella estaba tan tiesa como era humanamente posible, y con el rostro a punto de brillar de tan rojo que lo tenía.

Nunca se había considerado pequeña, sino más bien de tamaño normal; pero en ese justo instante, con Nick invadiendo de tal forma su espacio personal, sosteniéndola de esa manera tan principesca, y con semejante muestra de afecto en público, no solo se sentía como una maldita hada del bosque (pequeña, delicada, y siendo rescatada), también estaba segura de ser la mujer más envidiada del mundo.

¿Podía ese hombre ser más perfecto?

Todavía envuelta en su calor corporal, deseando que el tiempo se detuviera; tenía ganas de hundir la cara en su cuello para impregnarse de su aroma y... De pronto la neblina en su mente desapareció, y su cerebro volvió al ruedo ipso facto, cuando el recuerdo de Aarón haciendo tal cosa con ella, se coló en sus pensamientos ganando terreno incluso sobre Nick.

La fechoría del actor desencadenó una reacción en su sistema nervioso, haciendo que las carcajadas navegaran por su torrente sanguíneo incluso contagiando a las hormonas. En una simple facción de segundo, el encanto del psicólogo había sido roto por el bufón de la corte.

-Gracias....-. Atinó a decir finalmente, ahora esforzándose por no reírse sin motivo aparente. -Hola para ti también...-. Terminó notando como se relajaba por las locuras de su inquilino, mientras sin muchas ganas rompía el vínculo mantenido. -Dame un minuto, y te atiendo ¿Si?

Como en mis libros...Donde viven las historias. Descúbrelo ahora