Nicolas Conte estaba molesto, mucho, como pocas veces en su vida. No era simplemente el hecho de que sus planes se hubiesen visto arruinados, sino por la serie de sucesos que habían llevado a ese resultado; haciendo especial hincapié a su propia culpa, por haberse tardado tanto tiempo en tomar la decisión adecuada. Actuar.
Podía inventarse mil pretextos para satisfacer su propia arrogancia: que lo hacía por su bien, que ella era demasiado joven, que no estaba preparada para enfrentar lo que le pediría, que era por su salud mental, que primero lo necesitaba como médico... pero al final, la única verdad, es que si esperó tanto tiempo para mostrar sus sentimientos, era porque quien no estaba listo era él.
Tenía miedo a que la historia se repitiera, y que no fuese suficiente para sacar adelante a Natalie del lugar en que se encontraba. Fue tonto. Si hubiese prestado atención, tal vez habría visto que no se trataba de sacarla, sino encontrarla a medio camino, justo como los hombres que acababan de aparecer en su vida, parecían estar haciendo.
Por supuesto, eso no quitaba el hecho de que sus modos, bien podían estar afectando la psique de Natalie. ¿A qué pedazo de imbécil, se le ocurría secuestrarla para llevarla a una fiesta? Solo a uno que se sintiera lo suficientemente intocable, y que pensará que eso era romántico; no quería ser prejuicioso, pero tenía mucho sentido que hubiese sido actor. Roland Taylor.
Así que si, Nick estaba muy molesto consigo mismo; pero eso no quitaba que quisiera estrangular al idiota que tenía en un lado. Especialmente luego de que llegara con actitud altanera, y un ridículo peluche de un animal que reconocía ligeramente de un programa infantil. ¿Quién se creía que era, su novio? Eso estaba por verse.
Incluso si su hermana no lo apoyaba, y aseguraba encantada que ese cabrón era mejor partido para su amiga que él.
No obstante, contrario a todas sus expectativas en cuanto a lo que se encontraría cuando el avión aterrizara, lo que vio cuando la puerta se abrió y la sobrecargo se apartó de la salida tratando de contener las carcajadas en modestas risitas, para dar paso a los pasajeros, fue algo totalmente fuera de su alcance.
Natalie estaba radiante. Tanto, que incluso en la distancia podía distinguir la sonrisa que se expandía por su cara; pero eso no era lo único, el conjunto en general, daba una impresión totalmente opuesta pero bastante atinada, a lo que suponía que se escondía en el interior de aquella cabecita.
Sus pasos imitaban pequeños brinquitos cuando comenzó a bajar del avión, cosa que resultaba de lo más hilarante con su atuendo; el viento sacudía sus salvajes rizos chocolate de un lado a otro, y sus manos parecían querer imitar los movimientos de un director de orquesta.
No vacilaba en sus acciones, no agachaba la mirada, ni tampoco parecía pensar mucho en lo que hacía. Era Natalie al natural, simplemente pasando el rato mientras se divertía; no Naty su paciente, quien parecía meditar seriamente cada cosa que hacía o decía; y sin duda alguna, no la mujer presa de ansiedad, que se volvía distante cuando el pánico atacaba.
Fue como si el mundo entero se hubiese partido bajo sus pies. Nunca antes la había visto así en la calle; unas pocas veces, quizás, en ambientes totalmente controlados, en su casa, en el consultorio, en el hotel rodeada por Bárbara, Cat y Jay; pero jamás estando solos, o con extraños a su alrededor.
Entonces ella se detuvo a medio camino, se giró para volver la vista atrás, y el sonido de sus carcajadas llegó hasta donde él estaba, cuando alguien en una botarga intentó atravesar la puerta del jet. Botarga del mismo animal de peluche que Roland cargaba. Pero como con el tamaño que tenía, era imposible que lograra pasar, ella regresó para ayudarle a quitarse el traje.
ESTÁS LEYENDO
Como en mis libros...
Chick-LitCameron Cross, una famosa escritora reconocida mundialmente por sus historias que van desde fantasía épica, hasta romance paranormal, ha lanzado al mercado su nuevo libro, haciendo una entrada triunfal en el género de la literatura erótica. Ningún c...
