Capítulo 33. Lo que Dios quiera.

1.5K 84 3
                                        

Estaba sentada golpeando el escritorio con mis dedos, esperando que mi hermano se digne en aparecer.

Miré el reloj.

11:25 a.m. tiene que aparecer en cualquier momento, y no entiendo por qué no lo hace, hasta que la puerta por fin se abre.

—¿Eda? —esa voz no es de Eric. Levanto la vista y los ojos de Elias me ven confundidos— ¿Necesitas algo?

—¿Dónde está mi hermano, Elias? —me levanto del escritorio y veo como observa mi cuerpo de arriba hacia abajo. Gruño mentalmente.

—Eric salió a hacer unas cosas, me pidió que venga por dinero. —se acercó a la caja fuerte detrás del escritorio y la abrió sin miedo a que yo vea la combinación.

—Joder. —digo bajo.

—¿Puedo ayudarte en algo? — pregunta mientras saca algunos fajos de billetes de la caja.

—No. —gruño y salgo de la oficina.

—¿Qué hacías con ese imbécil allí dentro? —gruñe Justin asustandome. ¿De dónde había salido?

—Estaba esperando a Eric y él apareció.

Pasé por su lado y cogí algo del bolso de Candice. Estoy estresada y no entiendo por qué. Me senté en uno de los sillones que están en el patio tracero y encendí un cigarro.

—Creí que habías dejado eso.

Al parecer me siguió.

—También yo. —explulso un poco de humo de mi boca.

—Hablaré con Eric.

Lo miré impresionada.

—Hablaré con él y le diré que ésta también es tu lucha y que estamos en esto juntos. —continúa y toma mi mano mirándome dulcemente. Aunque se que sólo lo hace por mi, no está convencido.

—¿Harías eso por mi? —muerdo mi labio.

—Quiero que dejemos de pelear, Ed. —se acerca un poco más a mi luego de un largo suspiro— Se que tenerte encerrada no solucionará nada porque harás lo que creas igual.

Bajo mi cabeza porque es cierto. Haré lo que crea correcto, aunque no lo sea.
Al parecer Eric no me conoce lo suficiente como para saber que no me podrá tener encerrada por mucho tiempo.

—Debo entender que estamos en esto juntos —besa mis nudillos —, te amo y si te pierdo me muero.

—No vas a perderme. —lo abrazo.

Él tiene miedo de perderme, muchas veces me lo ha hecho saber de diversas formas, pero no entiende que no va a perderme, no pretendo que esa zorra se deshaga de mi, ni ahora ni nunca, antes yo la mataré con mis propias manos.

Si ella esta loca yo estoy mucho más loca.

Arrojo el cigarro y tomo su rostro entre mis manos y lo obligo a mirarme fijamente.

—Tú y yo contra el mundo, ¿Lo olvidas? —mis ojos se cristalizan al instante— Nadie puede detenernos si estamos juntos, Justin. No pudieron los Giovanni, ni Charlotte, ni Anthony, ni Ashir, ni siquiera Amanda, ¡No lo hará nadie!

—Lo sé ahora. —afirma.

—Te amo, ¿También sabes eso? —sonrío.

—Si, lo sé —me devuelve la sonrisa y toma mi nuca depositando un cálido beso en mis labios—. Tú y yo. —susurra cerca de mi boca.

—Para siempre. —digo con una sonrisa en mi cara. Sueno algo cursi, pero el momento lo amerita.

El móvil de Justin comienza a sonar. Nos separamos y él mete la mano en el bolsillo de su chaqueta negra para cogerlo.

San Pablo. (EDITANDO)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora