Capítulo 9.5

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Aoshi había llevado a Misao a la planta superior, en la que había montones de habitaciones. En ese momento, le estaba enseñando la habitación de juegos. En ella había una mesa de billar, una mesa redonda para cartas o los juegos que se guardaban en los armarios que había a los lados. También había una pequeña mesa entre dos sillones que contenía un tablero de ajedrez con una partida ya empezada. Misao la señaló con curiosidad.

—¡Oh! Lo había olvidado completamente. Eso fue una partida que empecé con mi hermano hará un tiempo.

—¿Quién movía con negras?

—Yo —respondió, esperando algún comentario.

—Ibas ganando.

—No significa nada. En el ajedrez no se puede saber quién gana o pierde hasta el movimiento final que da muerte al rey.

—¿Practicáis mucho con el billar? —preguntó recordando la partida del día anterior.

—A veces... Muy poco, en realidad. Por eso aposté contra ellos.

—Me alegro de que lo hicieras —dijo con una sonrisa inocente—. Aquí es imposible que os aburráis.

—No te creas... pero supongo que no puedo quejarme.

—Como lo hagas, te doy por egoísta.

Aoshi la miró sarcásticamente y torció los labios, formando una sonrisa.

—Sigamos, venga.

La siguiente habitación que le enseñó, estaba llena de aparatos para hacer gimnasia, cosa que no sorprendió a Misao, pues le parecía imposible que Aoshi tuviera ese cuerpo tan solo por nadar.

—Ya no pareces tan sorprendida. ¿Por qué?

Misao se escandalizó internamente, y se puso roja hasta las orejas, al haber sido descubierta. Sin embargo, para disimular, se rió nerviosamente y cambió de tema.

—¿Me enseñas tu cuarto?

Aoshi se encogió de hombros, y aceptó. La llevó a un dormitorio grande, con una pared llena de estanterías de libros, un escritorio donde descansaban algunas carpetas y folios y un portátil blanco. Tenía las paredes decoradas con katanas y diferentes armas blancas orientales. Y una gran cama de matrimonio para él solo.

—¡Q...qué pasada!

—¿Te gusta?

—¡Claro! —Miró la cama con gran interés—. ¿Puedo?

Aoshi le hizo un gesto afirmativo con la cabeza, y ella se lanzó sobre ella comprobando su suavidad y comodidad. Desde allí pudo apreciar un marco sobre el escritorio y, llena de curiosidad, le prestó mayor atención. En la fotografía, salían él y Kai junto a una pareja adulta.

—¿Son tus padres?

Aoshi dirigió la mirada donde ella le señalaba y, rápidamente, la volvió a apartar.

—Sí.

—¿Dónde están? No les he visto...

—Ellos... murieron.

Misao calló súbitamente, sin saber qué decir, y se le quedó mirando con tristeza.

—Lo siento.

—Cuando aquello pasó, nuestro abuelo se ocupó de Kai y de mí. Él no es lo que se dice, el típico abuelito amable. Es muy exigente y siempre debíamos obedecerle. Es alguien con mucho poder y lo hace notar muy bien. Cuando por fin cumplí la mayoría de edad, me hice cargo de mi hermano y le dijimos a mi abuelo que ya no era necesario que se molestase por nosotros. Por supuesto, de vez en cuando nos visita para ver cómo van las cosas o, para cómo él dice: ver cómo perdemos el tiempo.

—Debes tener mucha responsabilidad.

—Sí, bueno... Me las apaño. Me eduqué bien, y no estoy solo. Kai también me ayuda a sobrellevarlo —Su voz sonaba distante—. Pero bueno, no quiero hablar más de ello.

Misao no se fijó en su tono porque de pronto, le acusó una pregunta acuciante en su mente.

—¿A quién le compusiste tu canción?

—¡Eso no te importa!

Misao se sorprendió y retrocedió. Se sintió demasiado incómoda como para seguir frente a él y, sin saber por qué, las lágrimas acudieron a sus ojos. Le dolía la reacción que había tenido y de lo que se ocultaba bajo esas palabras. Aoshi reaccionó demasiado tarde y se fijó en lo confusa, alterada y asustada que estaba, pero no pudo decir ni hacer nada para disculparse, antes de que Misao saliera corriendo de su habitación. Se fue llorando buscando una salida. Aoshi no tenía fuerzas para seguirla y se quedó en silencio en su cuarto, reflexionando en lo que acababa de pasar.

Vacaciones de veranoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora