Camila y Will compartieron su infancia.
Nunca pusieron nombre a lo que sentían, pero sabían que era especial.
Hasta que, de un día para otro, él la ignoró por completo. Y después, se fue.
Ahora, en el último año de preparatoria, Will vuelve.
Y aunqu...
Will corría, pero no era una carrera cualquiera. Sus pequeños pies chocaban contra el suelo con determinación, y cada uno de sus movimientos parecía llevar consigo una urgencia que solo los niños conocen. Era como si el mundo entero fuera una pista de atletismo y él, sin ser consciente de ello, fuera el único que tenía prisa por llegar. Su padre lo observaba con una sonrisa, viendo en su hijo una chispa de vida que parecía correr por sus venas, un reflejo de su propio espíritu. Pero de repente, Will se detuvo, y la sonrisa del padre se desvaneció. El niño, tan lleno de energía hace solo un segundo, ahora estaba inmóvil, su cuerpo tenso como si algo lo hubiera detenido en seco. El padre frunció el ceño, preocupado, y apresuró el paso hacia él. Se arrodilló junto a su hijo, mirando su rostro con atención. — ¿Estás bien, Will? —preguntó, dejando que su voz cargara de una preocupación palpable. Will no respondió. Solo se encogió de hombros, un gesto tan pequeño que casi parecía de distracción. Sus ojos, sin embargo, permanecían fijos en un punto a lo lejos, como si todo lo que estuviera delante de él dejara de importar. El padre, aunque desconcertado, giró la vista hacia el horizonte, siguiendo la dirección de la mirada de su hijo. Y entonces, la vio. Una niña pelirroja. Su presencia era tan llamativa que parecía desentonar con el entorno. Su cabello, rojo como el fuego, caía en ondas suaves alrededor de su rostro, como si flotara en el aire, reflejando la luz de manera casi sobrenatural. La niña estaba sola, al margen de los demás niños que jugaban, y algo en su quietud hacía que el mundo a su alrededor se desvaneciera. El padre sonrió, un gesto cargado de comprensión. No necesitaba más explicaciones. Will había encontrado a alguien, alguien que en ese instante parecía haber sido más importante que cualquier otra cosa. Sin decir una palabra, Will comenzó a caminar hacia ella. No había duda en su paso, aunque era un paso pequeño, casi vacilante, como si no supiera exactamente por qué lo hacía, pero sabía que no podía detenerse. Se acercó lentamente hasta donde la niña estaba, y con una naturalidad que sorprendió incluso a él, le extendió la mano. Ella, sorprendida por el contacto, dio un ligero respingo, pero sus ojos, curiosos y cautelosos, se encontraron con los de Will. Y en ese instante, algo pasó. No fue un truco del destino ni una señal mística, pero ambos lo sintieron: una conexión, silenciosa y tan profunda como el agua que fluye bajo la superficie de un río. Will sintió un calor extraño en el pecho, un calor que no podía comprender del todo, pero que lo envolvía con la misma fuerza con la que el sol calienta la piel en una tarde de verano. La niña, al mirarlo, sonrió. Era una sonrisa tímida, pero sincera, como si en ese momento, sin palabras, ambos se comprendieran de alguna manera que no necesitaba explicarse. Camila, al mirarlo, no pudo evitar sentirse algo más ligera. Había algo en ese niño, algo tan sencillo pero tan inquebrantable, que de alguna manera hacía que el miedo que la había estado acechando durante todo el día se disipara, como una niebla que se desvanece con la luz del sol. Tomados de la mano, caminaron hacia el salón. No hubo promesas, no hubo expectativas. Solo dos niños caminando juntos, sin palabras, pero con una certeza muda. Will, con una determinación que no comprendía del todo, la guió hasta una mesa pequeña y roja, con sillas verdes. No planeaba dejarla ir. No todavía. Nunca.
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