Capitulo 41 (Editado)

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Capítulo 41

El bosque se la tragó sin dudar. Camila cruzó la calle con un impulso feroz y se lanzó por el primer sendero que apareció frente a ella. Las ramas le arañaban los brazos descubiertos, las sombras se cerraban a su alrededor como si quisieran tragársela también. Miró hacia atrás por apenas un segundo, lo justo para asegurarse de que no venía nadie, y siguió corriendo sin detenerse.

Llegó a una bifurcación. Las dos opciones eran oscuras, iguales, pero no lo pensó demasiado. En vez de tomar uno de los caminos marcados, desvió su trayectoria y se adentró entre los árboles, dejando atrás toda noción de dirección.

Camila corrió. Y corrió. Y corrió. No sabía cuántos metros había avanzado. Podían ser veinte o doscientos. Sus piernas se movían por instinto, como si el miedo hubiese tomado control total de su cuerpo. Los músculos tensos como cuerdas de violín, las ramas le golpeaban la cara sin piedad, y el corazón parecía querer salirse del pecho. El aire frío le cortaba la garganta con cada bocanada, como si estuviera respirando cuchillas.

No miraba atrás. No podía. Solo importaba avanzar. Un paso más. Un latido más.

Finalmente, sus pies tocaron un claro apenas más abierto entre los árboles. El lugar estaba cubierto de hojas secas, pero aún húmedas por la lluvia reciente. Se detuvo de golpe, jadeando. Se inclinó hacia adelante con las manos en las rodillas, intentando controlar el temblor que la sacudía. Un sudor helado le corría por la espalda, mezclándose con la humedad del bosque. Su respiración era un ruido rasgado, agudo, que sonaba demasiado fuerte en ese silencio.

Un silencio espeso. Vibrante.

Como si todo el bosque estuviera conteniendo el aliento.

No se oía nada.

Ni ramas rompiéndose, ni pisadas, ni gruñidos.

Solo el murmullo del viento moviendo las copas altas, un susurro sordo y lejano.

Con lentitud, casi en cámara lenta, se acercó a un árbol grueso y rugoso. Se pegó al tronco, como si pudiera fundirse con él y desaparecer. El cuerpo le latía con fuerza, como si cada célula gritara. Las hojas húmedas se pegaban a sus zapatillas, y el barro se le hundía hasta los tobillos. Cerró los ojos. Tenía que haberse perdido. Tenía que haberse rendido. Tal vez... tal vez la había despistado.

—¡Camila!

El grito cortó el aire como una cuchilla.

La atravesó.

No era completamente humano. Había algo gutural, algo antinatural en ese llamado. Una vibración aguda, desgarrada por la furia contenida.

Camila se quedó inmóvil, conteniendo la respiración.

—¡Sé que estás ahí! —La voz de Amber se oyó más cerca, más baja, más venenosa—. Juguemos un poco.

Ni un músculo se movió. Apenas si sus pulmones se inflaban.

La risa de Amber resonó en el aire inmóvil, una carcajada que no tenía humor, sino crueldad. Era un sonido grave, como un trueno que no termina de explotar.

—¿Quieres jugar a las escondidas? —repitió con una voz que se deslizaba como una serpiente—. ¿Qué gano cuando te atrape?

Los pasos se oían ahora. Primero irregulares, como si tanteara el terreno... pero pronto se volvieron firmes. Medidos. Intencionales.

—¿Estás asustada? —preguntó Amber. Su tono tenía una textura aguda, como una hoja afilada. El veneno le goteaba de cada palabra—. Deberías estarlo. Siempre tan víctima. Tan buena. Tan frágil. Pero yo sé la verdad. Yo sé quién eres. No te ganaste nada de lo que tienes. Will... Will solo te mira porque no sabe quién eres realmente.

Eres Mia (Silverlake 1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora