Capitulo 49 (Editado)

479 20 0
                                        

Capítulo 49

El sabor metálico de la sangre le llenaba la boca. No hablaba. No podía.

La camioneta avanzaba por las calles oscuras, tragando los metros con un zumbido constante del motor y el ruido sordo de los neumáticos sobre el asfalto. Will tenía las manos tensas sobre el volante, los nudillos blancos, el ceño fruncido. La mandíbula, apretada desde que salieron del estacionamiento, seguía igual. Ni siquiera el dolor del golpe le quitaba esa tensión del rostro.

Lía viajaba en silencio en el asiento del acompañante, con las piernas cruzadas y los dedos enredados en el dobladillo de su suéter. No lo miraba. Pero tampoco dejaba de observarlo con el rabillo del ojo. Como si esperara que en cualquier momento él estallara. O se quebrara.

No lo hizo. No todavía.

La casa apareció frente a ellos más rápido de lo que Lía parecía esperar. Cuando Will apagó el motor, el silencio que siguió fue casi más ruidoso que todo el trayecto.

Ninguno se movió.

Finalmente, Will salió primero, cerrando de un portazo que no fue intencionalmente violento, pero sonó como si lo fuera. Lía lo siguió, algo más lenta, con la mochila colgada al hombro.

Entraron. Will dejó las llaves en la mesada de la cocina y caminó directo al lavamanos, escupiendo sangre en el fregadero. Abrió la canilla y dejó correr el agua mientras se enjuagaba la boca. El sabor persistía. Como si el cuerpo se aferrara a la evidencia del golpe.

Lía se quedó de pie junto a la puerta. Observándolo. Esperando.

Will se pasó una toalla por la boca, se miró un instante en el reflejo del horno negro como un espejo y después apoyó ambas manos sobre la mesada, bajando la cabeza.

—¿Estás bien? —preguntó Lía en voz baja, como si temiera romper algo.

Él se quedó quieto unos segundos. Después levantó la mirada, sin girarse.

—No —respondió con honestidad cruda, áspera.

Lía dio un par de pasos hacia él, vacilantes.

—¿Hay algo que pueda hacer?

Will respiró hondo, sin mirar. Cerró los ojos un segundo. La respuesta era clara.

—Hay cosas que ya no se pueden arreglar —murmuró.

Ella asintió. No preguntó qué cosas. No hacía falta. Su silencio fue la única respuesta respetuosa que podía darle.

—Voy a... necesito estar solo un rato.

Lía asintió otra vez, suave, sin palabras, y fue a sentarse en uno de los sillones.

Will subió las escaleras, lento. Cada paso parecía más pesado que el anterior. Cuando llegó a su cuarto, cerró la puerta detrás de sí y se dejó caer en la cama sin siquiera sacarse los zapatos.

Tenía la boca hinchada. El labio abierto. Dolía.

Pero eso era lo que buscaba, ¿no?

Se pasó una mano por la cara y se quedó mirando el techo, inmóvil. La oscuridad del cuarto lo envolvía, lo contenía, lo dejaba solo con sus pensamientos.

Se había dejado golpear. No porque no pudiera devolverlo. No porque Archie fuera más fuerte. Se dejó.

Porque se lo merecía.

Porque necesitaba sentir algo.

Desde que dejó de hablarle a Camila, todo lo demás había empezado a desmoronarse. La rabia, la culpa, la ansiedad, la confusión. Lo envolvían como una nube espesa que no se disipaba nunca. Y con ella, una especie de apatía pesada se le había pegado a la piel. Como si todo tuviera menos color, menos sabor. Como si las cosas que antes le importaban ya no tuvieran fuerza para moverlo.

Verla con esa expresión en los ojos. Esa que no era rabia pura, ni tristeza, ni indiferencia, pero un poco de todo eso a la vez. La forma en que lo miraba, como si ya no supiera quién era él. Eso dolía más que cualquier golpe.

Y Archie...

Archie solo fue la chispa.

No era por él. No del todo. Archie había dicho en voz alta cosas que Will ya pensaba en silencio. Que la estaba alejando, que no merecía perdón, que no sabía cuidar lo que amaba. Que estaba jugando con algo que ya había roto.

Will cerró los ojos con fuerza. Apoyó el antebrazo sobre ellos, como si así pudiera detener la presión en el pecho.

No sabía qué hacer.

Y la verdad era que no estaba enojado con Archie.

Se lo merecía. Cada palabra. Cada golpe.

Camila no confiaba en él. Y tenía razón. No podía decirle lo que era. No podía explicarle por qué desapareció, por qué volvió, por qué no podía alejarse de ella aunque fuera lo más sensato. La verdad era una jaula con barrotes hechos de secretos familiares, sangre y luna llena. Y ella merecía algo más que eso. Más que silencios. Más que promesas rotas.

Y sin embargo...

La quería. Con cada parte rota de sí mismo.

Eso lo volvía aún más insoportable.

Apretó los puños sobre el pecho.

Quería que ella supiera todo. Quería que lo viera de verdad. Pero también sabía que si lo hacía, podía perderla para siempre. Porque si la verdad no los alejaba, el dolor que ya había causado sí lo haría.

Así que se dejó golpear. Porque doler era lo único que lo hacía sentirse vivo en ese mar de distancia y confusión.

Y porque, por un momento, el dolor físico hizo callar el otro.

Solo por un momento.

Solo por un momento

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Eres Mia (Silverlake 1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora