Capítulo 17
Camila se alejó sin mirar atrás.
Will la observó mientras cruzaba el estacionamiento, su silueta recortada contra la luz amarillenta de la puesta de sol. Quería detenerla, decirle la verdad, pedirle que no lo odiara. Pero sus palabras se habían quedado atrapadas en la garganta, como tantas veces desde que volvió. Ella no confiaba en él. Y tal vez tenía razón.
—¿Will? —La voz de Amber lo hizo parpadear.
La vio acercarse con su andar seguro, el cabello perfectamente peinado, como si no se hubiese pasado toda la tarde fastidiando.
—Entonces... ¿Me llevás?
Él no respondió. Se limitó a clavar los ojos en el suelo, apretando la mandíbula. No tenía ganas de verla ni de hablar con nadie. Y menos con ella.
Amber ladeó la cabeza, como si no entendiera la incomodidad. O como si no le importara.
—Vivimos cerca —agregó, bajando la voz con ese tono meloso que usaba cuando quería algo—. No es como si fuera un desvío enorme. Además, somos manada.
Will apretó los dientes. Esa palabra. Manada. A veces se sentía más como una condena que como un lazo.
—Vamos —dijo al fin, sin mirarla.
Amber sonrió como si hubiera ganado algo, y caminó hacia el asiento del acompañante con demasiada familiaridad. Will subió al auto, encendió el motor, y arrancó sin decir una palabra más.
El trayecto fue corto, pero se sintió eterno.
Amber hablaba sin parar: del instituto, de la clase de fotografía, de cómo Jeff siempre fue un idiota. En algún momento, incluso mencionó a Camila.
—Se hace la santa, pero siempre fue dramática —dijo, con una risa burlona—. ¿Viste cómo se fue hoy? Como si estuviera en una telenovela.
Will no respondió. Tenía la vista fija en la carretera, los nudillos blancos de tanto apretar el volante. No entendía cómo Amber podía hablar así de alguien que no le había hecho nada. O tal vez sí lo entendía. En la manada, el poder se marcaba con dientes, con burlas, con dominio sutil o brutal. Y Amber siempre había querido destacar.
El silencio que cayó después fue tenso. Por fin, llegaron al barrio residencial donde vivía ella. Will detuvo el auto frente a su casa, una estructura moderna de grandes ventanales y jardín perfectamente podado.
—Gracias por el aventón —dijo Amber, desabrochándose el cinturón. Se inclinó un poco hacia él, sonriendo—. Si quieres, mañana podemos juntarnos a estudiar. O algo mas...
Will giró apenas la cabeza, sus ojos fríos como el acero.
—Estoy bien.
Amber parpadeó, incómoda por primera vez. Luego se encogió de hombros y bajó del auto.
Will esperó a que entrara antes de acelerar. Ni siquiera subió la música. Manejaba con el ceño fruncido, sintiendo el corazón pesado. Había algo que se estaba desmoronando dentro de él, algo que ni siquiera el tiempo, ni el cambio, ni la manada habían podido reparar.
Camila. Siempre Camila.
Cuando llegó a su casa, las luces del porche estaban encendidas. Era una construcción más antigua, de piedra gris y madera oscura, rodeada de árboles altos que daban sombra y privacidad. Apenas cerró la puerta del auto, percibió los dos aromas familiares que lo esperaban adentro.
Entró sin hacer ruido. No hizo falta anunciarse.
Oliver, su padre, estaba en la sala de estar, de pie junto a la chimenea apagada. Alto, de hombros anchos, con el cabello canoso en las sienes y los ojos tan agudos como los de un halcón. A su lado, sentado en un sillón, estaba Alex, revolviendo una taza de té que seguramente no iba a beber.
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Eres Mia (Silverlake 1)
WerewolfCamila y Will compartieron su infancia. Nunca pusieron nombre a lo que sentían, pero sabían que era especial. Hasta que, de un día para otro, él la ignoró por completo. Y después, se fue. Ahora, en el último año de preparatoria, Will vuelve. Y aunqu...
