Camila y Will compartieron su infancia.
Nunca pusieron nombre a lo que sentían, pero sabían que era especial.
Hasta que, de un día para otro, él la ignoró por completo. Y después, se fue.
Ahora, en el último año de preparatoria, Will vuelve.
Y aunqu...
El cursor parpadeaba sobre la pantalla, intermitente, como si respirara por ella.
Lía tenía una taza de té enfriándose a su lado y los formularios abiertos de varias universidades, todas a cientos o miles de kilómetros de allí. Lo había soñado durante años: postular a alguna institución prestigiosa, dejar atrás el pueblo donde todo estaba atado a la tierra, la luna y los rumores de las manadas. Empezar de nuevo en una ciudad donde nadie la conociera por su apellido, por su linaje, o por los vínculos que no eligió tener.
Pero esa mañana, mientras leía los requisitos de una universidad en Oregón, sintió que el futuro que tanto había imaginado se le deshacía entre los dedos.
Porque había pasado.
Lo había sentido.
Lo había sentido a él.
Se frotó los brazos, como si aún pudiera quitárselo de encima. El recuerdo no era físico, pero se le había incrustado en la piel como una quemadura silenciosa.
La transformación se acercaba. Su cuerpo lo sabía. Su instinto también. Lo presentía en la forma en que las luces parecían más intensas, en cómo cada aroma se volvía más nítido. Pero lo más inquietante era el modo en que el destino había torcido su ruta con un simple cruce de miradas.
Dejó caer la espalda contra el respaldo de la silla y cerró los ojos. No quería pensarlo, pero el recuerdo era insistente. Se colaba por las rendijas de su conciencia y se desplegaba como una escena inevitable.
Fue durante el festival de la cosecha.
El aire estaba lleno de humo de leña, música folklórica y esa vibración constante que se respiraba cuando varias manadas se reunían en el mismo lugar con una paz frágil. Lía estaba ayudando a su madre en uno de los puestos, repartiendo pasteles de calabaza y riendo con una amiga, cuando ocurrió.
Una sensación punzante la atravesó. Un nudo en el pecho, un tirón en el estómago. Algo visceral, casi primitivo.
Se giró lentamente, como si una fuerza la obligara a hacerlo.
Y entonces lo vio.
Estaba a unos metros del borde del claro, entre los árboles, con una mano en el bolsillo y la otra colgando junto a su costado. El cabello oscuro le caía sobre la frente, y sus facciones eran afiladas, marcadas como si hubieran sido talladas en piedra. Su piel era bronceada, los labios firmes, y los ojos... sus ojos eran lo más perturbador. De un tono castaño oscuro, casi negro, y tan intensos que parecían desmenuzar el alma.
Vestía de negro, con una chaqueta de cuero que no combinaba con el clima templado, y unos pantalones ajustados que marcaban su porte erguido, poderoso. No hacía nada. Solo estaba allí, observando. Pero su cuerpo irradiaba una autoridad tan palpable que la multitud se abría sutilmente a su alrededor sin que él dijera una palabra.
Él era el alfa.
El alfa de la manada Yabotí.
Su reputación lo precedía. Había escuchado su nombre susurrado con respeto y temor: River. Un líder joven pero temido. Impulsivo, dominante, y brutalmente eficiente cuando se trataba de proteger lo suyo. Inestable, decían. Capaz de todo. Capaz de cualquier cosa.
Y ahora... estaba allí.
Y la estaba mirando.
O no aún.
Durante un par de segundos, Lía tuvo el tiempo de observarlo sin ser vista. Su pecho se alzó con fuerza. Sintió el vínculo formándose, anudándose en sus entrañas como si algo invisible tirara de ella. No fue romántico. No fue poético. Fue instintivo. Aterrador.
Se sintió atraída por él, sí. De una forma que no había experimentado jamás. Como si algo dentro de ella se activara al verlo. Como si una parte dormida despertara de golpe. Pero también sintió otra cosa. Algo más fuerte: pánico.
Entonces, él se movió.
Levantó la cabeza como si hubiera olido algo en el viento. Sus ojos buscaron entre la gente. Frunció el ceño. Caminó un paso, dos, en su dirección.
Y entonces la vio.
Sus miradas se encontraron. En ese instante, algo en sus facciones cambió. No fue sorpresa. Fue certeza. Como si de alguna manera supiera que ella era lo que estaba buscando.
Lía sintió que se le helaba el cuerpo.
Actuó por reflejo. Bajó la vista, se giró, y se metió entre la gente. Se perdió entre cuerpos, voces, luces. No sabía a dónde iba, solo sabía que tenía que alejarse. Corrió sin mirar atrás, y cuando por fin estuvo lo suficientemente lejos, se escondió detrás del almacén de provisiones, se inclinó y vomitó.
No por el vínculo.
Por él.
Volvió al presente con un escalofrío. El vapor de la taza ya se había disipado.
Desde entonces, usaba perfumes fuertes, pociones de bloqueo olfativo, lo que fuera que pudiera enmascarar su aroma. Mientras no se transformara, tenía una pequeña ventaja. Pero sabía que esa ventaja se desvanecería pronto. Una vez que pasara por su primera transformación, ya no podría ocultarse. El vínculo se volvería real. Imposible de negar. Él la encontraría.
Y lo peor: su manada seguía recibiendo visitas de emisarios Yabotí. Los rumores se esparcían. La tensión era evidente. Pero nadie hablaba de eso frente a ella. Solo su madre la observaba con esa inquietud sutil, como si intuyera que algo iba mal.
Fue entonces que la idea apareció. Al principio, apenas un pensamiento suelto. Pero empezó a tomar forma. Empezó a parecer una salida.
Will Ashford.
Lo conocía desde niños. Sus padres eran amigos. Se habían criado juntos en reuniones de manadas, entre juegos de escondidas y cenas de luna llena. No eran íntimos, pero se llevaban bien. Y lo más importante: Will era confiable. Era fuerte. Noble.
Y estaba lejos de ser aterrador.
Tal vez si decía que Will era su pareja destinada... sus padres la dejarían ir con él. La dejarían salir de su manada, alejarse del territorio, huir de esa mirada que no podía olvidar.
Era una mentira.
Pero era una mentira que podía salvarla.
Y no tenía que durar para siempre.
Solo unos meses.
Hasta que pudiera presentar sus exámenes, postular a una universidad y mudarse bien lejos. Tal vez a otro estado. Tal vez a otro continente. Si tenía suerte, terminaría en una ciudad con lluvia constante, lejos del bosque, lejos de las lunas llenas, lejos de él.
Y de todo lo que representaba.
Porque si dependía de ella, jamás volvería a cruzarse con el alfa Yabotí.
Jamás.
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