Capitulo 6 (Editado)

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Capitulo 6

Will

La luna aún no estaba llena, pero su influencia ya se sentía en la médula.

Will caminaba por el borde del bosque que rodeaba la ciudad, con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de ecos. El aire estaba más denso de lo normal. Como si el mundo entero aguantara la respiración.

Había hecho bien en no responderle. Había hecho bien en mantenerse lejos.

Pero verla... verla era otra cosa.

Camila.

No esperaba que le doliera tanto. Que bastara una palabra suya —una sola palabra— para hacerlo tambalear. Pegajoso. Como si eso fuera lo único que quedaba de lo que fueron.

O lo que él creyó que fueron.

Suspiró, cerrando los ojos un momento. El lobo no hablaba, pero se revolvía inquieto bajo su piel. Siempre lo hacía cuando ella estaba cerca. Como si su mera presencia rompiera el equilibrio.

Como si la hubiera marcado.

Y lo peor era que él también lo sentía. Una especie de ancla que lo arrastraba hacia ella incluso cuando quería mantenerse a flote.

No puedo volver a lo de antes, pensó. Pero tampoco puedo fingir que no pasó.

En la distancia, un aullido largo y bajo cruzó el aire. No era una advertencia.

Era un llamado.

Will echó la cabeza hacia atrás, respirando hondo. Y por un momento, deseó que esa parte de él —la parte que todavía temblaba al escuchar su nombre— desapareciera.

Pero no. No iba a desaparecer.

Porque ella seguía ahí.

Y él, por más que lo negara, también.

Camila

Camila cerró la puerta de su cuarto con más fuerza de la necesaria.

Se quitó el abrigo, se desató el moño del cabello y dejó todo caer sobre la silla sin mirar atrás. El cuarto estaba en penumbras, apenas iluminado por las farolas de la calle que se filtraban entre las persianas. No encendió la luz. No tenía ganas.

Se dejó caer sobre la cama, boca arriba, mirando el techo como si esperara que algo —cualquier cosa— le diera una explicación.

¿Eso soy ahora?

La pregunta de Will la había seguido todo el camino a casa, como una astilla debajo de la piel. Sabía que la había escuchado. Que se había quedado ahí, parado, como si no comprendiera el daño. Como si de verdad creyera que podía volver, aparecer así, sin más, y pretender que nada había pasado.

¿Cómo se supone que tenía que reaccionar? ¿Con una sonrisa? ¿Con un abrazo? ¿Con alivio?

No. No después de lo que hizo. De cómo se fue.

Se había sentido estúpida durante semanas después de su desaparición. Buscándolo. Preguntando. Esperando. Y todo para nada. Ni una explicación. Ni un mensaje. Solo el silencio.

Y ahora, esto.

Se giró de costado y hundió la cara en la almohada. Sentía los ojos arder, pero no iba a llorar por él. Otra vez no.

Aunque, en el fondo, sabía que no era tan simple. Porque seguía ahí, como un eco sordo en el pecho. El Will que había sido suyo. Que la había mirado como si el mundo se detuviera.

Y el Will que la había dejado atrás sin mirar.

El corazón no siempre seguía las reglas. Y esa noche, Camila no sabía de qué lado estaba el suyo.

Tocaron dos veces la puerta, suaves.

—¿Cami? —dijo la voz de Ana desde el pasillo.

Camila se incorporó de golpe, limpiándose disimuladamente los ojos con la manga del suéter.

—Pasa.

La puerta se abrió y Ana entró ya con el uniforme de la farmacia. Llevaba el cabello recogido y el bolso colgado del hombro. Olía a lavanda y café.

—Solo venía a despedirme. Me tocó el turno largo esta noche.

—¿De nuevo? —preguntó Camila, intentando sonar casual.

—Una compañera pidió el día. Y ya sabes cómo es esto —dijo Ana con una sonrisa suave—. No te preocupes, me llevo la comida y tengo café de sobra. Solo... no te acuestes muy tarde, ¿sí?

Camila asintió, y Ana ya estaba por girarse cuando se detuvo en el umbral, observándola con más atención.

—¿Todo bien? —preguntó, ladeando un poco la cabeza.

Camila dudó.

—Sí... solo cansada. Fue un día largo.

Ana no insistió, pero sus ojos se suavizaron.

—Ya. A veces los días largos se sienten más en el pecho que en los pies.

La frase quedó flotando entre las dos por un instante. Camila no dijo nada, solo miró a su madre —su tía, en realidad, pero nadie más había ocupado ese lugar— con una mezcla de gratitud y algo más profundo, más vulnerable.

—Te dejé algo de cena en la heladera, por si te da hambre después —añadió Ana, antes de volver a la puerta.

—Gracias, má... —Camila la llamó sin pensarlo, como hacía desde niña.

Ana sonrió, sin mirar atrás.

—Descansá, Cami.

Y se fue.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, Camila se recostó de nuevo, más tranquila. Había algo reconfortante en ese gesto simple, cotidiano. Aunque el mundo se sintiera revuelto, Ana seguía ahí, como siempre.

Como una raíz que no se ve, pero sostiene todo.

Como una raíz que no se ve, pero sostiene todo

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Eres Mia (Silverlake 1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora