Camila y Will compartieron su infancia.
Nunca pusieron nombre a lo que sentían, pero sabían que era especial.
Hasta que, de un día para otro, él la ignoró por completo. Y después, se fue.
Ahora, en el último año de preparatoria, Will vuelve.
Y aunqu...
Camila tenía esa forma de escuchar que lo desarmaba. No lo interrumpía, no llenaba los silencios con frases vacías. Solo estaba ahí, mirándolo, con los ojos fijos en él como si, en el fondo, ya supiera lo que iba a decir. Como si siempre lo hubiera sabido.
—Sí —dijo él finalmente, y sintió que la palabra se le atragantaba—. Este es el motivo.
Sintió cómo la culpa le mordía por dentro. Porque sí, era verdad... pero no era toda la verdad.
Will bajó la mirada. No sabía cómo sostenerle la mirada sabiendo que le estaba ocultando lo más importante. La verdadera razón por la que había desaparecido de su vida.
Porque cuando se transformó por primera vez, a los catorce, el mundo entero cambió. Sus sentidos se agudizaron, su cuerpo se volvió algo distinto, animal y salvaje... pero lo que más lo marcó fue que no la sintió. A Camila. Su supuesta alma gemela. El lazo que todos decían que era imposible no reconocer.
Y entonces, el miedo. El dolor. La negación.
Porque él estaba seguro de que ella era. De que lo era desde que la conoció, desde que eran niños. ¿Cómo podía no serlo?
Pero el instinto fue claro: no la sintió. No hubo ningún vínculo. Nada.
Y eso fue lo que lo destruyó.
Por eso se fue. Porque no podía soportar estar cerca de ella sin saber por qué no lo era. Porque cada vez que la veía, se le rompía algo por dentro.
—¿Desde cuándo eres... así? —preguntó ella, con esa voz tranquila que no encajaba con la situación.
Will forzó una sonrisa triste.
—Técnicamente desde siempre. Naces con el gen. Pero me transformé por primera vez cuando tenía catorce.
Camila se quedó en silencio unos segundos.
—Fue cuando empezaste a evitarme.
Él asintió con la mirada clavada en la pared.
—Sí.
Ella dejó escapar una risa seca, sin humor.
—Bueno... supongo que dentro de todo, esto le da un poco más de sentido a lo que pasó. A cómo te alejaste. A por qué empezaste a ignorarme de un día para el otro. Esta lógica antinatural... le da lógica a lo que no lograba entender.
Will sintió que algo en su pecho se retorcía.
Quiso decirle que no fue por falta de amor. Que jamás había dejado de pensar en ella. Que durante años soñó con verla, con hablarle, con explicarle todo. Pero no podía.
No podía decirle que no era su compañera.
Porque si se lo decía, la perdía para siempre.
Y todavía no estaba listo para eso.
Will la observaba, todavía sin entender del todo cómo podía estar tan serena.
Él había esperado gritos. Preguntas. Algún tipo de rechazo. Pero Camila seguía ahí, con esa expresión entre pensativa y resignada, como si estuviera procesando un examen difícil, no una revelación sobrenatural.
—Te lo dije anoche —murmuró él, con una sonrisa apenas dibujada—, pero me sigue sorprendiendo lo tranquila que estás con todo esto.
Camila se encogió de hombros, medio sonriendo.
—Tal vez haber visto tantas películas y series de fantasía tenga algo que ver —bromeó—. Aunque tengo que admitir que nunca pensé que me iba a tocar uno en la vida real.
Will soltó una risa breve, más de alivio que de diversión. Su mirada volvió a posarse en ella, en el modo en que su cabello caía desordenado sobre los hombros, en sus ojos aún cargados de sueño, pero tan claros, tan atentos. Había algo en ella que siempre lo desarmaba.
—Me hace bien —dijo, sin pensarlo demasiado—. Poder hablarte de esto. Saber que... sabes.
No supo bien cómo seguir. No quería sonar cursi, ni pesado, ni vulnerable. Pero la sensación estaba ahí, punzante, viva: un tipo de alivio que no sentía desde hacía años. Como si soltar esa verdad hubiera aflojado un nudo interno que llevaba demasiado tiempo apretando.
—Es raro —continuó, bajando un poco la voz—. Pero por primera vez siento que no estoy ocultando nada. Que tú y yo...
No terminó la frase. No se animó.
Camila lo miró de reojo, con una ceja levemente alzada, como si entendiera lo que él no estaba diciendo, pero decidiera dejarlo pasar por ahora.
—Creo que eso es bueno, ¿no? —dijo, sin apartar la vista de él—. Que no tengas que esconderte.
Will asintió despacio. No dijo nada más. Pero por dentro, el silencio hablaba. Porque aunque había compartido con ella una gran parte de su verdad, la más dolorosa seguía guardada.
Y sabía que ese secreto —el más íntimo, el más punzante— todavía tenía el poder de romper todo.
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