Capítulo 38
Lia
Las paredes blancas del cuarto temporal en la casa de los Ashford eran sobrias, impersonales. La cama estaba prolijamente tendida, y una pequeña valija abierta sobre la silla del escritorio dejaba ver un par de cuadernos, una bufanda color burdeos y algunos frascos con perfumes de notas intensas. Lía acababa de llegar, y aunque le habían ofrecido descansar, sentía que el sueño iba a tardar en llegarle.
Caminó por la habitación en círculos pequeños, intentando ignorar el nudo que se le formaba en el estómago. Se suponía que debía sentirse a salvo. Estaba fuera del alcance del alfa de los Yabotí, lejos de su territorio, lejos de sus ojos... pero aún lo sentía. Como si su presencia se hubiera adherido a su piel desde aquel momento en el festival de la cosecha.
Se asomó a la ventana. Desde allí podía ver el patio lateral de la propiedad. Will estaba afuera, haciendo dominadas en una barra metálica que colgaba de uno de los árboles grandes. Su cuerpo se movía con agilidad, pero su expresión era rígida, tensa. No parecía enojado, pero tampoco relajado. A Lía le pareció que entrenaba para no pensar.
No habían hablado a solas desde la cena. Ni un mensaje, ni una palabra privada. Y aunque en el fondo agradecía que no se le acercara, que no le preguntara si estaba segura de lo que había dicho, también eso la incomodaba. Como si él supiera que algo no estaba bien. Como si sospechara.
Suspiró. El olor del perfume que se había puesto antes de ir a cenar todavía flotaba en el aire. Sabía que no duraría mucho más. Cada día era una apuesta peligrosa.
Dejó caer la cortina de la ventana y se sentó en la cama, frotándose las sienes. Quería llorar, pero no podía. No aquí. No ahora.
No era una persona cruel. No quería usar a Will. Lo conocía desde que eran niños. Siempre le había parecido dulce, aunque a veces reservado. Confiaba en él. Sabía que no le haría daño. Y por eso había elegido esta mentira. Porque era su única escapatoria.
La idea no había nacido por completo esa noche, pero había germinado en su mente durante días. La había regado con miedo. Y ahora estaba aquí, instalada en la casa de los Ashford, mientras los adultos hablaban de "acomodarla mejor" en una de las residencias de la manada.
Si todo salía bien, si podía mantener la mentira unos meses más, para cuando comenzara la universidad estaría lejos. Muy lejos. A cientos, a miles de kilómetros del alfa de los Yabotí, de su mirada, de su olor, de su vínculo. De todo.
Golpes de pasos suaves interrumpieron sus pensamientos.
Bajó por las escaleras y escuchó voces en la cocina. Dudó en seguir, pero se detuvo cuando reconoció las voces: Alicia Ashford y Gregory Gillis.
—No estoy de acuerdo con esto, Alicia —decía Gregory, con un tono tenso—. Lía es una chica encantadora, pero me parece un error tan apresurado. ¿Y Amber? ¿Qué mensaje le estamos dando a mi hija?
—Gregory, entiendo tu preocupación, pero Lía no tiene culpa de nada. Ha dicho lo que sintió, y su manada está siendo presionada. No podíamos dejarla allá sabiendo lo que puede ocurrir.
—Amber tambien ha creído durante años que ella y Will están destinados. Todo el mundo lo sabe. Lo ha dicho en voz alta muchas veces.
—No es así como funcionan los vínculos —respondió Alicia, con voz serena pero firme—. Y lo sabes. No podemos forzar algo que no existe. La transformación de Amber aún no ha ocurrido.
Lía sintió una punzada de culpa en el pecho. No quería meterse en medio de nada. No quería herir a nadie. Solo quería vivir. Ser libre.
Tendría que preguntarle a Will por Amber, la idea de herirla no le hacia ilusión.
—Además —continuó Alicia—, hubo otro ataque de los Yabotí. Esta vez, al este del territorio de los Stone.
Gregory soltó una exhalación contenida.
—¿Y el Consejo?
—Calla. Como siempre.
Lía subió los últimos escalones con cuidado y cerró la puerta del cuarto. Apoyó la frente contra la madera.
No era bienvenida por todos. No podía relajarse. Cada paso que daba era un equilibrio frágil entre su verdad y su mentira. Pero no podía volver atrás. Ya no.
Se acostó sin cambiarse. Cerró los ojos. Imaginó la universidad. Un campus soleado. Risas lejanas. La vida que soñaba. Aún era posible. Solo tenía que resistir un poco más.
Solo unos meses.
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Eres Mia (Silverlake 1)
VlkodlaciCamila y Will compartieron su infancia. Nunca pusieron nombre a lo que sentían, pero sabían que era especial. Hasta que, de un día para otro, él la ignoró por completo. Y después, se fue. Ahora, en el último año de preparatoria, Will vuelve. Y aunqu...
