Camila y Will compartieron su infancia.
Nunca pusieron nombre a lo que sentían, pero sabían que era especial.
Hasta que, de un día para otro, él la ignoró por completo. Y después, se fue.
Ahora, en el último año de preparatoria, Will vuelve.
Y aunqu...
La mesa del comedor seguía repleta, pero las bandejas a medio vaciar ya no eran el centro de atención. El aire, cargado con especias y carne asada, se sentía denso, como si cada palabra desplazara algo más que oxígeno. Nadie alzaba la voz, pero cada frase pesaba más que los cubiertos de plata.
Will masticaba sin ganas, con la atención puesta en su padre, que hablaba en tono mesurado pero firme. A su derecha, Alicia mantenía la compostura de siempre: recta, elegante, con los dedos apenas apoyados en su copa de vino. A su izquierda, Alex observaba con expresión concentrada, como si cada gesto en la mesa pudiera revelar una estrategia oculta.
Frente a ellos estaban los Stone: Rafael y Miriam, miembros de una manada del noroeste. Viejos aliados, amigos de los Ashford desde hacía años. Pero esa noche no los acompañaban como amigos, sino como líderes preocupados. Su hija, Lía, se sentaba entre ellos. Will la conocía desde la infancia; sus padres habían sido cercanos mucho antes de que cualquiera de ellos se transformara. Ella solía ser habladora, inquieta, la primera en llenar los silencios. Pero esa noche, Lía apenas tocaba su comida. Mantenía la vista clavada en el plato, los hombros encogidos, como si quisiera hacerse pequeña.
También estaba Gregory Gillis, el beta de la manada y padre de Amber. Su mirada recorría la mesa como una advertencia constante. Will lo sintió mirarlo un par de veces, con ese juicio callado que ya le era familiar.
—La semana pasada cruzaron el límite norte de nuestro territorio —dijo Rafael Stone, con la voz grave y pausada—. Durante el festival de la cosecha. Se infiltraron entre los invitados. Uno de ellos incluso intentó hablar con uno de nuestros cazadores.
—¿Están seguros de que no fue una casualidad? —preguntó Alex, aunque Will sabía que no lo creía realmente.
—No lo fue —intervino Miriam, con una calma inquietante—. No iban en son de paz. Están tanteando el terreno. Quieren que respondamos primero.
—El consejo no está actuando —dijo Oliver Ashford—, pero tampoco es ciego. Esta vez no van a poder mirar hacia otro lado.
—¿Y mientras tanto? —replicó Rafael—. ¿Esperamos a que la provocación se convierta en ataque?
Will apretó la mandíbula. Cada palabra traía consigo el eco de algo que venía creciendo hacía meses. No eran solo escaramuzas. No eran advertencias. Era el principio de algo más grande. Lo sentía en la piel.
—La manada Yabotí está jugando un juego más largo —añadió Alex, con la mirada fija en Rafael—. Presionan en los límites, siembran miedo, pero no dan un golpe abierto. No todavía.
Gregory se inclinó apenas hacia adelante.
—Quieren que nos dividamos. Que desconfiemos unos de otros. Es su forma de debilitar el frente antes de atacar.
Will desvió la mirada hacia Lía. Había estado en silencio todo ese tiempo. Apenas si había parpadeado desde que comenzó la conversación. Él recordaba perfectamente a la Lía de los veranos pasados: bromista, directa, a veces incluso algo imprudente. Esta versión suya, retraída y callada, le generaba un malestar que no sabía cómo clasificar.
Sus dedos jugaban con el tenedor, marcando líneas invisibles en el borde del plato. En ningún momento había levantado la vista.
Cuando su madre le pasó la mano por el hombro, ella apenas se movió. Estaba allí, pero su mente claramente estaba en otro lugar.
Y eso no era normal en Lía.
Will salió al jardín lateral apenas terminó de ayudar a recoger la mesa. El aire fresco del bosque le cayó bien. Sentía la cabeza cargada, como si todas las conversaciones de la noche le dieran vueltas sin dejarle espacio para pensar.
Se apoyó contra una de las columnas de piedra de la pérgola y respiró hondo. A lo lejos, se oía el crujir de ramas y las voces apagadas que venían del interior.
—¿Puedo... quedarme acá? —La voz lo tomó por sorpresa. Lía estaba a unos metros, con un suéter gris demasiado grande y el cabello recogido en un moño bajo.
—Claro —dijo Will, haciéndole un gesto para que se acercara.
Lía se sentó en el borde bajo de piedra que rodeaba la fuente. Él se quedó de pie, mirándola de reojo.
—No hablaste mucho en la cena.
—Tenía muchas cosas en la cabeza —respondió ella, sin rodeos.
Will esperó. No la quería presionar. Si había algo que había aprendido en su tiempo entre lobos, era que algunas verdades necesitaban su propio tiempo para salir.
—¿Sobre los Yabotí?
Ella negó con la cabeza. —Sobre otras cosas también.
Pasó un momento en silencio. La brisa movía las hojas de los árboles y el murmullo del agua en la fuente era casi hipnótico.
—¿Puedo preguntarte algo... raro? —dijo Lía, sin mirarlo.
—Siempre preguntas cosas raras.
Ella sonrió apenas.
—¿Cómo se supone que uno sabe si encontró a su pareja destinada?
Will sintió el golpe seco de esa pregunta en el pecho. Trató de mantener la expresión neutra, pero una tensión leve se instaló entre sus cejas.
—Depende —dijo, con cuidado—. Algunos lo sienten de inmediato. Otros tardan. Dicen que es algo... instintivo. Como si tu alma reconociera a la otra.
—¿Y si no sientes nada?
Will tragó saliva. Pensó en Camila. En cómo había buscado esa señal durante años. En cómo no había sentido nada en su transformación. Solo vacío.
—A veces no se siente porque algo falta —respondió—. O porque no es el momento. Si los dos no están... preparados, puede que el vínculo no se manifieste todavía.
Lía asintió en silencio. Había alivio en su rostro. También había algo más. Algo que Will no supo interpretar del todo.
—¿Y entonces qué hacés mientras tanto?
—Vives con la duda —respondió él, encogiéndose de hombros—. Aprendés a no dejar que te consuma.
Lía bajó la mirada. Se frotó las manos.
—¿Y si te equivocas?
Will soltó una risa corta. Sin humor.
—Te puedes equivocar muchas veces. Pero el vínculo real... ese no se rompe.
Lía asintió con lentitud. Su mirada se perdió entre los árboles. Había tensión en su postura. Como si contuviera algo que no podía decir. Como si toda su presencia allí tuviera un propósito más profundo.
Pero no dijo nada más.
Y Will, aunque lo sintió, tampoco insistió.
—Gracias por hablar conmigo —murmuró ella.
—Cuando quieras.
El silencio volvió a instalarse entre ellos. No era incómodo, pero sí pesado. Como si algo importante hubiera quedado en el aire sin terminar de pronunciarse.
Desde la casa, una puerta se cerró con suavidad.
Y la noche siguió su curso, arrastrando secretos nuevos, sin nombre todavía.
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