Camila y Will compartieron su infancia.
Nunca pusieron nombre a lo que sentían, pero sabían que era especial.
Hasta que, de un día para otro, él la ignoró por completo. Y después, se fue.
Ahora, en el último año de preparatoria, Will vuelve.
Y aunqu...
Los golpes en la puerta principal llegaron secos, apurados, como un llamado urgente en mitad de una noche que ya se sentía pesada.
Will estaba en su cuarto, caminando de un lado a otro, sin dirección. Había intentado leer, escuchar música, incluso entrenar en el patio para despejarse. Nada funcionaba. Habia querido escribirle un mensaje a Camila, pero eso solo empeora las cosas. Esa distancia le quemaba por dentro. No había podido dejar de pensar en lo que le dijo en la biblioteca. El reproche en sus ojos. Lo que no se animó a decirle.
Bajó el volumen de su auricular cuando escuchó que alguien abría la puerta. Las voces llegaron después. Primero la de su padre. Luego, otra. Firme, grave, irritada.
Gregory Gillis.
Will se acercó al pasillo. Bajó los primeros escalones, con cuidado, tratando de escuchar sin ser visto.
—...te digo que fue en la zona del bosque, detrás del restaurante —decía Gregor—. Amber estaba con la chica esta... Camila.
El nombre hizo que Will se detuviera en seco. El corazón le dio un vuelco.
—¿Camila? —la voz de Oliver, su padre, sonó más alerta.
—Sí. No sé qué hacía ahí con mi hija, pero según Amber, fueron atacadas por dos lobos. Ella dice que eran Yabotí. No lo puede asegurar, pero por la forma de actuar... —Gregor se pasó una mano por la cara—. Uno de ellos intentó alcanzarlas.
—¿Están heridas?
—Amber llegó entera. Pero asustada. Confundida.
—¿Y Camila?
Hubo una pausa. Y en ese momento, Will terminó de bajar las escaleras.
—¿Qué pasó con Camila? —preguntó, firme.
Tanto Gregory como Oliver se giraron hacia él. Amber estaba sentada en uno de los sillones, con una manta en las piernas, el rostro pálido y los labios apretados. Evitó su mirada.
—¿Qué pasó con Camila? —repitió, esta vez más alto.
Amber levantó la vista.
—Yo... no lo sé. Estábamos afuera, detrás del restaurante. Escuchamos algo. Fue todo muy rápido. Los lobos salieron de la nada. Intenté correr, la agarré del brazo, pero... —hizo una pausa dramática—, no sé si me siguió. Solo corrí. No miré atrás.
—¿La dejaste ahí? —Will dio un paso al frente, los puños cerrados.
—¡Estaban atacándonos! —espetó Amber—. ¿Qué querías que hiciera? ¡No soy una luchadora!
—¿Y qué más? Dijiste que apareció otro lobo.
Gregory intervino.
—Sí. Según Amber, apareció un tercero. No sabe si era parte de los Yabotí o de alguna otra manada. No lo reconoció. Dice que fue agresivo. Que luchó con los otros.
Amber asintió.
—No sé qué pasó con él. Solo sé que yo corrí hasta casa.
Will la miró con furia contenida.
—¿Y Camila? ¿No te importó dejarla sola ahí?
—¡No sé si se quedó sola! —gritó Amber, al borde de las lágrimas—. ¡No sé nada!
Will resopló. El pecho le ardía. No podía pensar con claridad. No podía respirar.
—¿Qué hacías ahí?
Amber parpadeó.
—Coincidimos. Ella estaba saliendo del restaurante. Yo... pasaba por ahí.
Will giró hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó Oliver, acercándose.
—A buscarla.
—Will, espera. Tu hermano ya fue a donde dijo Amber que fueron atacadas. No hay nadie allí.
Will lo escuchó pero no se detuvo, abrió la puerta de un tirón y salió al exterior. La noche era fresca y húmeda. Se subió a la camioneta, encendió el motor y arrancó con fuerza. No miró atrás. Ni siquiera escuchó el último intento de su padre por detenerlo.
Las luces de la calle pasaban veloces a través del parabrisas. Las manos de Will apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos le dolían. La mente le iba a mil por hora.
Camila.
Los Yabotí.
Un tercer lobo.
El bosque.
Nada tenía sentido, y todo lo tenía.
Sabía que los Yabotí estaban moviéndose. Sabía que Camila era un blanco fácil si alguien quería hacerle daño a él. Pero no había estado ahí. La había dejado sola. Como un cobarde.
"Siempre haces lo mismo", le había dicho ella.
Y tenía razón.
Apretó los dientes. Giró con violencia en la esquina que llevaba a la casa de Camila.
Las luces de la entrada estaban encendidas. Su corazón dio un salto. Frenó de golpe. Bajó del auto de inmediato y subió los escalones en dos zancadas.
Tocó la puerta. Fuerte.
Una vez.
Otra.
—¡Camila!
Golpeó otra vez.
El pecho se le subía y bajaba como si hubiera corrido kilómetros. El corazón le retumbaba en los oídos.
Adentro, alguien se movió. Las luces del pasillo parpadearon. Y entonces, la puerta se abrió.
Y ahí estaba ella.
De pie. Envuelta en una manta. El pelo mojado. El rostro cansado. Pero viva.
Will la miró, sin poder hablar. Solo respiraba, como si no supiera cómo seguir.
Camila también lo observó. Por un momento no dijo nada. No se movió. Sus ojos lo escrutaban, como intentando descifrar qué hacía él ahí.
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