Capitulo 28 (Editado)

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Capítulo 28

Camila había cerrado la puerta de su cuarto con llave antes de acostarse. No era algo que hiciera a menudo, pero esa noche lo necesitaba. Su madre tenía la costumbre de abrir sin golpear, de asomarse para decirle que el desayuno estaba listo o simplemente para ver si seguía dormida. No podía arriesgarse a que lo hiciera ahora, no con Will ahí adentro, descansando, herido... y semi desnudo.

La cama no era demasiado grande, pero alcanzaba. Cuando por fin se recostaron, apenas intercambiaron palabras. El silencio lo llenaba todo, y ambos estaban agotados. El cuerpo de Will todavía conservaba algo de tensión, como si no se permitiera bajar la guardia del todo, pero sus párpados cayeron pesados. Camila lo miró una última vez antes de cerrar los ojos. En cuestión de segundos, los dos estaban profundamente dormidos.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando sintió el tirón leve del mundo real regresando. Abrió los ojos con lentitud y parpadeó un par de veces, desorientada. La luz que entraba por la ventana era suave, tibia, filtrada por las cortinas. Y entonces lo notó.

Will ya estaba despierto.

Estaba acostado de lado, mirándola. No demasiado cerca, pero tampoco lejos. Entre ellos había una pequeña distancia, apenas el hueco que deja la prudencia. Ella estaba medio acurrucada, de lado, con una pierna doblada y el brazo bajo la almohada. Sentía el calor de su cuerpo, pero no la tocaba. No invadía.

Él solo la observaba.

—Buenos días —murmuró él, con una voz ronca de recién despertado, casi como un susurro.

Camila pestañeó, todavía adormilada, y le devolvió una media sonrisa.

—¿Cuánto hace que estás despierto?

—Un rato —respondió él, sin dejar de mirarla—. No quería despertarte.

—¿Te sientes mejor?

Will asintió levemente, con los ojos aún pesados de sueño.

—Sí. Bastante mejor. Dormí bien.

Camila se estiró un poco sin moverse demasiado, consciente de su cercanía, del espacio compartido. Su corazón latía con un ritmo lento pero fuerte, y no sabía si era por el despertar, por la escena... o por él.

—¿Dormiste bien tú? —preguntó Will, con suavidad.

Ella asintió.

—Sí. Aunque sigue siendo raro todo esto.

Will sonrió, apenas.

—Sí, lo sé

Will volvió a acomodarse sobre la almohada, de costado, sin dejar de mirarla.

—Tu mamá llegó hace un rato —dijo en voz baja, casi como si no quisiera romper la calma del momento.

Camila parpadeó, todavía un poco adormecida.

—¿Cómo sabes?

—La escuché entrar. Cerró la puerta con cuidado. Sus pasos eran suaves, casi arrastrados. Supongo que fue directo a su cuarto. No trató de abrir esta puerta —agregó, en un tono que parecía casi una disculpa.

Camila soltó el aire lentamente.

—Entonces es nuestro día de suerte. Generalmente, cuando vuelve tarde, se queda un rato despierta, prende la tele o me toca la puerta para ver si estoy viva... —bromeó con una sonrisa cansada.

Will respondió con un gesto breve, pero no sonrió. Había algo más en su mirada. Algo que llevaba tiempo cargando.

Camila lo notó.

—¿Qué pasa?

Él dudó unos segundos. Bajó la mirada hacia las sábanas, luego volvió a subirla hasta sus ojos.

—Creo que deberíamos hablar —dijo, con ese tono que anticipa una conversación que no se puede evitar más.

Ella se quedó en silencio. Su cuerpo seguía quieto, pero dentro de su pecho, algo se tensó. No era sorpresa, no del todo. Solo... el peso de la confirmación.

Will se incorporó un poco, apoyándose en un codo. Todavía llevaba puesta la camiseta que ella le había dado la noche anterior, con el unicornio a medio desdibujar por el uso. Había algo profundamente humano en la imagen. Algo contradictorio. Algo que dolía.

—Sé que ayer fue mucho —empezó—. Que todo pasó rápido y que... no es justo que te cargue con más, pero creo que lo mereces. Saberlo, digo.

Camila lo miró. No dijo nada. Solo esperó.

Will bajó un poco la voz.

—Lo que viste ayer... no fue un accidente. No fue una pelea cualquiera. No fue algo que puedas explicar con lógica humana.

Ella respiró hondo. No desvió la mirada.

—¿Eres...?

Él asintió antes de que terminara la frase.

—Sí. Soy un cambiaformas. Un lobo. Desde siempre. Bueno... desde que cumplí cierta edad. Esto no es nuevo. No para mí, ni para mi familia.

—¿Y lo que te pasó anoche?

—Fue otro como yo. De otra manada. No tenía derecho a tocarte. A seguirte. A amenazarte. Lo vi y... reaccioné. Fue instintivo.

Camila apretó los labios, procesando cada palabra.

—¿Entonces hay más como tú?

Will asintió.

—Sí. Hay muchas familias, grupos. Manadas. Algunas están más organizadas, otras no tanto. Algunas viven mezcladas con los humanos, otras prefieren mantenerse al margen. Es complicado.

Camila bajó la mirada. Sintió un peso raro en el pecho, una mezcla de vértigo y alivio. Como si una parte de ella supiera, aunque no pudiera explicarlo.

—¿Y tu familia?

—También. Mis padres, mis hermanos... todos. Vivimos con eso desde siempre. Es parte de lo que somos.

Ella asintió en silencio. Seguía sin moverse. Tenía los ojos clavados en las sábanas, como si allí pudiera ordenar lo que sentía.

—Por eso te fuiste —murmuró.

Will tragó saliva. No había forma fácil de responder eso.

—Sí —dijo, apenas audible.

Camila levantó la vista.

—Este era el secreto. Esto era lo que no podías contarme.

Él la miró. Su expresión era una mezcla de tristeza y resignación.

—Sí. Este es el motivo.

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Eres Mia (Silverlake 1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora