Capítulo 11
El primer pensamiento de Camila al abrir los ojos fue que el mundo giraba demasiado rápido.
Parpadeó varias veces, cubriéndose la cara con una mano mientras una punzada aguda le atravesaba la sien. La luz que se colaba por las cortinas era suave, pero aun así le pareció insoportable. Su lengua estaba seca y el sabor amargo en la boca le confirmaba lo que ya sabía: tenía una resaca monumental.
—¿Qué hora es...? —murmuró, con la voz ronca.
Se incorporó a medias y estiró el brazo hacia el celular en la mesa de noche. Mediodía. Más precisamente, 12:14.
Suspiró y volvió a dejarse caer sobre la almohada.
La noche había sido un desastre. Apenas había dormido. Cada vez que lograba cerrar los ojos, las pesadillas regresaban. Borrosas, pero intensas. Voces que no reconocía, imágenes que no comprendía y una constante sensación de angustia que no la soltaba. El peso de haber bebido tanto no ayudaba en absoluto. Le dolía la cabeza, el estómago le daba vueltas y sentía como si no hubiese descansado en absoluto.
Se sentó con dificultad en el borde de la cama, frotándose el rostro. Todavía llevaba puesto el pantalón de pijama viejo que Jules le había prestado hace un par de años, y jamás había devuelto. Lo único que quería era volver a acostarse, pero no podía. Era domingo. Y tenía que trabajar.
—Estúpido sentido de la responsabilidad —murmuró, arrastrándose hasta el baño.
Mientras se lavaba la cara con agua fría, los recuerdos de la fiesta comenzaron a arremolinarse en su mente. Los tragos con Jules. La piscina. Amber. Will.
El beso.
Se quedó quieta, con las manos apoyadas en el lavabo, mirando su reflejo.
No podía creer que hubiese pasado. Que lo hubiera permitido. Que lo hubiera querido.
Una punzada en el pecho la obligó a mirar hacia otro lado. No tenía tiempo para pensar en eso ahora. No cuando todavía podía sentir el ardor del alcohol en el cuerpo, ni cuando el turno de la tarde en el restaurante la esperaba.
Se secó el rostro, respiró hondo y se dijo a sí misma que solo tenía que atravesar el día. Solo eso.
Una hora más tarde, vestida y algo más presentable, salió de la casa rumbo al trabajo. Pero la sensación de malestar no la abandonó. Ni la resaca. Ni las preguntas.
Ni la imagen de los ojos de Will sobre los suyos.
El aire acondicionado del restaurante no era suficiente para despejarle la cabeza. Camila se sentía arrastrar los pies por el salón, como si cada paso le costara más de lo que estaba dispuesta a pagar. El uniforme le pesaba sobre los hombros, y cada bandeja que levantaba le recordaba lo poco que había comido y lo mucho que había bebido la noche anterior.
—¿Dormiste en una licuadora o qué? —bromeó Carolina desde detrás de la barra, mientras acomodaba unas copas.
Camila apenas logró sonreír. —Algo así... Una licuadora con vodka, cerveza y decisiones cuestionables.
—Clásico domingo, entonces.
Tom, que limpiaba una mesa cercana, alzó una ceja al oírla. —¿Y eso que tú no tenías ganas de ir a esa fiesta?
—No tenía. Y con razón. —Camila se apoyó brevemente contra el mostrador, tratando de disimular que sus piernas temblaban.
—Parece que te chupo el diablo—dijo Carolina, sin malicia. No estaba segura, pero podría apostar que esa frase la había inventado ella. Le tendió una copa de agua con limón. — Toma. Hidratación, reina. No te me mueras en pleno servicio.
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Eres Mia (Silverlake 1)
WerwolfCamila y Will compartieron su infancia. Nunca pusieron nombre a lo que sentían, pero sabían que era especial. Hasta que, de un día para otro, él la ignoró por completo. Y después, se fue. Ahora, en el último año de preparatoria, Will vuelve. Y aunqu...
