Hay días en los que crees que la vida no tiene nada importante para ti,
no lo ves, hasta que te sucede.
Esta es la historia de dos chicos que se conocieron por casualidad.
Jared; amante de las palabras, fiel a la realidad.
Ophelia; sueños y fantasí...
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Si por tener buenas calificaciones creen que amo la escuela, pues están en un error. Es decir, hay días que me gusta ir, hay otros en los cuales prefiero quedarme dormido en casa o simplemente ir a algún otro lugar. Hoy es uno de esos días en los que hubiera preferido quedarme en casa pero hoy inicia mi plan para ayudar a Lia.
Creí que iba a ser complicado salir de casa con ella sin que se dieran cuenta pero afortunadamente el destino estaba de nuestro lado y cuando llegó la hora de ir al colegio, mi madre ya se habían ido a su trabajo y la abuela salió para cuidar a la bebé de mi hermano. Así que sencillamente salimos de casa para ir al colegio. Es raro volver, aunque no hace más de 2 meses estaba aquí. Pero ahora es diferente pues estoy por concluir la preparatoria.
He dejado a Lia en un lugar seguro, así que no estoy tan preocupado, sin embargo ahora que lo pienso sería muy útil que ella tuviera un celular, así podría saber si necesita algo o está en problemas.
—Te olvidaste de nosotros en estos últimos días— escucho la voz de mi mejor amigo hablándome, Sebastián.
—Es cierto, ya ni contestabas mis mensajes, ni llamadas— ahora se queja Montse, mi otra mejor amiga.
Es verdad, durante las dos últimas semanas estaba tan absorto pensando en el concurso y pasando tiempo con Lia que ni siquiera recordaba tener un teléfono celular... o mejores amigos.
—Lo siento, estaba ocupado con lo del concurso— les digo, la mitad de la situación.
Por supuesto que no les diré que encontré a una chica sin hogar y ahora la estoy ayudando. Les tengo confianza pero esto es serio y mientras menos gente lo sepa, mejor.
—Te traje lo mismo que a Sebastián, porqué no contestaste mis llamadas— dice Montse sacando una bolsa de su mochila —. ¿Cómo te fue en el concurso?
Veo una pequeña bolsa roja encima de mi mesa, Sebastián tiene una en sus manos pero es de color azul. Me pregunto que habrá ahí.
—Gané.
—Felicidades, aunque no me sorprende, siempre ganas— habla Montse, con un tono bastante peculiar, demostrando lo orgullosa que esta de mi.
No, no siempre gano. Pero mis amigos saben que mis derrotas prefiero dejarlas en el olvido y no recordarlas jamás. Aunque es de ellas donde aprendo más.
—¿Qué tal sus vacaciones?— pregunto, cambiando de tema.
—Perfectas, visité muchos lugares increíbles.
—Me alegro por ti— dice Sebastián, puedo escuchar un ligero toque de celos, siempre ha sido así —. En cambió yo estuve trabajando con mi hermana, no fueron precisamente unas vacaciones,
—No te preocupes, ni las mías, hubieras visto a mi madre, día y noche debía estudiar sin parar.
No comento sobre ese pequeño viaje que hicimos a la playa con mis abuelos maternos, no creo que sea necesario y sólo haría sentir peor a Seb.