Hay días en los que crees que la vida no tiene nada importante para ti,
no lo ves, hasta que te sucede.
Esta es la historia de dos chicos que se conocieron por casualidad.
Jared; amante de las palabras, fiel a la realidad.
Ophelia; sueños y fantasí...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Cada día que despierto para mi es un milagro, nunca había apreciado tanto el valor de un nuevo amanecer como desde aquella tarde en la que desperté después del accidente.
Recuerdo haber estado en una habitación completamente blanca, con un gran cristal en una de las paredes, los únicos sonidos que lograba escuchar era la maquina que estaba conectada a mi cuerpo y los leves sollozos de una mujer, de mi madre quien era la única persona que se encontraba fuera de la habitación mirándome a través del vidrio.
Lo primero que hice fue levantarme y querer abrazarla, sin importarme que la luz blanquecina me cegara, ni siquiera por los torpes que se sentían mis pies al tocar el suelo, lo único que quería era estar en los brazos de mamá, que parecía no haber dormido en mucho tiempo y terminar con su tristeza. Pero lo que me detuvo no fue ninguna de esas cosas, fue algo mucho peor.
Aquella cosa que me detuvo, lo cual me dejó petrificada por un largo tiempo, fue ver mi propio cuerpo que seguía recostado en aquella camilla. Al principio supuse que era un sueño, pues, ¿cómo podía ser posible que estuviera viéndome a mi misma?
Eso no era lógico, era absurdo. Pero era real.
Lo supe cuando no hubo necesidad de abrir la puerta para salir de la habitación, simplemente la atravesé como si mi cuerpo se tratase de humo.
La desesperación se fue apoderando de mi, no lograba comprender lo que estaba pasándome. Quise hablarle a mi madre pero no podía escucharme ni verme, la peor de mis pesadillas se estaba volviendo realidad. ¿Estaba muerta en vida? ¿Seguía siendo un sueño, un juego de mi mente? ¿Acaso mi alma había dejado mi cuerpo porqué era hora de partir?
No fue ninguna de esas cosas, no exactamente.
El recuerdo de la plática que tuve con Phoena está tan presente en mi mente que no creo poder olvidarlo jamás. Ella era el único ser que podía verme y escucharme, sin contar a aquellas almas que eran iguales a mi, quienes esperaban ya su hora de partir.
Se acercó para decirme que dejara de llorar, que era algo que no podía evitar. Yo seguía sin creerlo, realmente había muerto. Mi vida había terminado y no había cumplido ninguno de mis deseos; no me había graduado, no iba a poder asistir al cumpleaños de Laura, mi mejor amiga, ni mucho menos iríamos a Europa como viaje de graduación. Ni estudiaríamos en la misma universidad.
No llegué a conocer al amor de mi vida.
Ella me dió un leve empujoncito con su mano, que era extremadamente larga y delgada, como si tratara de levantarme el ánimo, aunque lo sentí como un gesto tosco. Caminé detrás de ella, arrastrando los pies, deseando que estos se convirtieran en raíces para quedarme aquí por siempre. A mi lado iba una mujer de cabello largo y rizado, tenía sus manos juntas e iba murmurando un par de palabras. Estaba rezando.
Nos detuvimos a la mitad de un pasillo vacío, todo tomó sentido cuando el ángel de la muerte chasqueo sus dedos e inmediatamente se abrió un portal de un azul intenso, consigo trajo demasiado aire que logró alocar mi corto cabello. No me había dado cuenta que me habían cortado el cabello, yo siempre lo había tenido largo. Primero pasó la mujer, quien después de escuchar el estarás bien de Phoena no dudó en caminar hacia este.