Fuertes truenos me sacaron del profundo sueño en el que me encontraba, la lluvia golpeaba sin cesar el cristal de la ventana. Me saqué la única prenda que llevaba, la camiseta negra manchada de Diego, que ya había entendido que era mi camisón cuando pasaba la noche en su apartamento.
Adormilada, me moví en busca de su calor. Él suspiró cuando le apoyé los pechos contra su espalda, ambos parecíamos estar entre despiertos y dormidos. Un trueno rompió el silencio de nuevo por lo que abrí los párpados. La luz gris opaca de la mañana se filtraba de a poco por la persiana que no estaba del todo bien cerrada. Con eso bastó para estudiar sus formas y me detuve a mirar la constelación que le pintaba la piel. Sus lindas pecas, eran pocas, todas hermosas.
Él me miró sobre su hombro y tras darme un beso en la frente se fue al baño. Cuando él regresó fui yo.
Al volver se me quedó mirando mientras caminaba desnuda hacia la cama. Me posicioné de nuevo a su espalda y saqué la lengua, para lamerle despacio toda la nuca. Diego suspiró de una manera que se me grabó a fuego adentro, muy adentro.
Lo besé con suavidad y disfruté sentir como su cuerpo temblaba por una acción tan simple. Una que le proveía yo, solo yo. Volví a lamerlo y él soltó un jadeo incontenible. Le clavé los dientes y lo mordisqué de a poco para despertarle las terminaciones nerviosas. No sabía muy bien qué hacía, ni siquiera perseguía que me respondiera, solo se me antojó hacerlo.
Me complacía morderlo y lamerlo haciendo círculos contiguos. Mi novio gimió una vez más y se estiró para terminar de salir del letargo del sueño. Mi mano acarició su pecho con un roce cálido satisfactorio. Lamí y lamí, mientras escuchaba cómo su respiración se aceleraba. Sentirlo así hizo que mi deseo despertase por lo que mis intenciones mutaron.
Lo acaricié con premeditación anhelante de rozar todas sus zonas erógenas. Diego suspiraba por mis atenciones, aunque eso no evitó que fuese impaciente y tomase mi mano para depositarla en su entrepierna para que sintiera que su miembro ya había despertado.
—Lo sé, estás muy duro.
Diego se giró y se incorporó un poco en la almohada. Se bajó los calzoncillos y sin mediar palabra, me atrajo por el brazo para que me colocara a horcajadas sobre él. Lo complací porque verlo deseoso hacía que mi sexo se contrajera deliciosamente. Su mirada ardiente me dijo que no debía hacerlo esperar, que no era un día para jugar, era un día para ir al grano, así que por supuesto, decidí portarme mal.
Me moví sinuosa, despacio, para torturarlo mientras hacía resbalar su miembro entre mis labios húmedos.
Conté mentalmente cuantos segundos le tomaría exasperarse, agarrarme de las caderas para elevarlas un poco y conducirse a mi interior.
Cinco... Cuatro... Tres...
Me fallaron los cálculos. De eso me percaté cuando me arrojó a un lado sobre el colchón. Me jaló por las caderas y se acostó encima de mí y mi respiración agitada rompió el silencio de la habitación. Sentí un ligero escozor inesperado cuando dejó caer su mano en el costado de mi muslo derecho para darle un pequeño azote. Diego me tomó por la cintura y se condujo a mi interior.
Cerré los ojos y le rogué que lo hiciera despacio, pues aún me estaba reponiendo de la noche anterior. Tras complacerme unos segundos con movimientos suaves, me echó el cabello a un lado y me besó el cuello.
Luego, aumentó un poquito el ritmo y continuó llenándome de caricias dulces y besos delicados. La sensación de su piel contra la mía era aniquilante, todo se sentía superlativo, intenso, demasiado, él, una vez más, era demasiado.
Me miró a los ojos mientras me penetraba de una manera que me hizo sentir tan, pero tan conectada con él.
—Me gustas tanto —dijo con la respiración entrecortada.
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A la Máxima (completa)
Novela Juvenil«Salir con un hombre como él está mal. Máxima lo sabe, su lógica se lo dice, su mejor amiga se lo recuerda. Aun así, decide hacerlo». El semestre comienza y Máxima se entera de que hubo un error en el sistema de las inscripciones de la universidad y...
