20. Alatiel

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Los entrenamientos con Marco marcharon viento en popa durante los siguientes días. Era cierto que los amigos no podían controlar toda la variedad de encantamientos que su maestro les enseñaba, pero con ese respecto parecían formar un excelente equipo. Adriana y Vanya eran excepcionalmente buenas en hechizos defensivos, José Luis tenía un don especial para aquellos embrujos cuyo objetivo era el daño físico y para Lorena era realmente sencillo usar su aura para modificar el medio ambiente. Marco aseguraba a los chicos que si se pudieran fusionar en uno solo serían el Alejandrino perfecto.

—O Alejandrina, considerando que en realidad son más mujeres que hombres —había señalado en aquella ocasión Gabriel.

Sí, todo marchaba bien, a excepción de una cosa. Todo aquello le estaba pasando factura a Marco, tal como habían vaticinado Daniela y Octavio. Apenas podía mantenerse despierto en las clases, ya que agotaba una buena parte de su energía enseñando artes marciales a Gabriel y revirtiendo los hechizos que les salían mal a los demás.

—No podemos seguir así —le comentó Gabriel un día a Lorena mientras veían a Marco durmiendo sobre una banca—. Este ritmo lo está destrozando.

—Lo sé —le dijo Lorena—. Pero ¿hay alguna otra forma si pretendemos enfrentarnos a Belial? Daniela dice que los preparativos están casi listos. Los Alejandrinos preparan sus mejores encantamientos para el enfrentamiento.

—Pero así Marco no podrá enfrentarse a Belial —repuso Gabriel—. Y me parece que para él eso es muy importante.

—También lo sería para ti si el tipo hubiera asesinado a tus padres y a tus amigos —opinó Lorena.

—¡Ya cállense! —oyeron gritar a Xóchitl a sus espaldas.

Ambos chicos voltearon la cabeza. Se encontraron con una Xóchitl aparentemente molesta entrando al salón, seguida de cerca por Tomás y Paulo.

Lorena sintió que efectivamente su compañera se encontraba molesta y algo incómoda. Se preguntó qué podría provocar aquella reacción en ella, ya que normalmente Xóchitl era una chica bastante alegre y despreocupada.

—¿Pues qué quieres que digamos? —le preguntó Tomás.

—Oye, somos hombres —le dijo Paulo—. Era inevitable que nos fijáramos en algo así.

—¡Es que no manches...! —exclamó Tomás.

—¿De qué hablan? —les preguntó Lorena interesada—. ¿Qué fue lo que vieron?

—No les preguntes —le dijo Xóchitl—. ¡Hombres tenían que ser! Solo ven una minifalda y una blusa ajustada...

—No, también depende de quien la use —repuso Paulo.

—Pero en esa chava se veía estupendo —señaló Tomás.

—¿Qué sucede? —inquirió Marco levantando finalmente la cabeza con ojos soñolientos.

—A ver, tú, Marco —le llamó Tomás mientras regresaba hacia la puerta después de haber dejado sus cosas—. Ven.

—¿Para qué? —preguntó Marco poniéndose de pie.

—Necesitamos que veas algo —le indicó Tomás desde la puerta del aula.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Lorena a Paulo.

—Pues ve a ver —le respondió el chico sonriendo, aunque Lorena sospechaba que el gozo del chico provenía de cualquier cosa que su otro compañero quería enseñarle a Marco.

Gabriel resopló para posteriormente seguir a Marco al exterior. Lorena lo pensó un momento, sobre todo al ver la cara de Xóchitl, pero la curiosidad pudo más que ella.

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