12. Conociendo el aura

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—¡Esto es tremendamente extraño!

Lorena sentía sus pies contra el suelo, su mano recargada en el sillón de Octavio y también percibía ligeramente la respiración de Miguel a sus espaldas. Incluso sentía el contacto de su brazo con el de Vanya, pero no podía ver nada de eso. Sus ojos le decían que hasta ella misma había desaparecido del lugar.

—Ni que lo digas —le contestó su amiga.

La muchacha sonrió. Aunque sus ojos no pudieran ver a ninguna de las personas que estaban con ella en la estancia, podía sentir claramente sus emociones. En la mayoría de los casos se trataba de expectación. Sin embargo, había casos, como el de Vanya, en que aquella situación los ponía extremadamente nerviosos.

—Cuesta trabajo acostumbrarse —les dijo Miguel—. Sin embargo, es bastante útil aprender a utilizar encantamientos como este.

—Tú no terminas aún de acostumbrarte —afirmó Lorena con una sonrisa que nadie pudo ver, pero que de todas formas se insinuaba en su voz.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Miguel repentinamente confundido.

—Mi don es saber qué es lo que siente una persona —le contestó la joven—. Puedo sentir tu incomodidad al ser invisible.

—Sí, bueno —aceptó el muchacho de aura color vino—. Es difícil. Me pasa a menudo que me muevo y tiro objetos por dondequiera que paso. Es por eso que prefiero quedarme inmóvil al utilizar este hechizo.

—¿Tú tienes algún don? —preguntó Vanya al joven.

Lorena prestó especial atención entonces. Le sorprendía que a ella no se le hubiera ocurrido aquella pregunta antes.

—-Mmm... Pues no estoy seguro de que se trate de un don —respondió Miguel.

—¿A qué te refieres? —preguntó Lorena interesada.

—La mayoría de los Alejandrinos creen que tengo un don especial para que los demás hagan lo que yo quiero —respondió Miguel—. Esa fue la razón por la que Marco decidió entrenarme.

—¡Se aproxima! —susurró alguien.

Todo mundo guardó silencio e incluso pareció que todos contenían la respiración. No pasó mucho tiempo para que se oyera una llave entrando en la cerradura de la puerta principal y posteriormente el rechinido de la puerta al abrirse.

—En serio, Gabriel —se oyó la voz de Marco—, si no quieres estar aquí puedes...

Marco se interrumpió bruscamente. Desde donde Lorena estaba no podía verlo, pero de repente fue consciente de la sensación de horror que invadió al chico.

—¿Qué sucede? —le preguntó preocupada Adriana.

—Hay mucha magia rondando en el ambiente —respondió Marco.

Justo en ese momento hubo un destello de aura naranja metálico. Aquella era la señal de Octavio.

—¡SORPRESA! —gritaron todos mientras los hechizos de invisibilidad se desvanecían.

Lorena, Miguel y Vanya caminaron hacia un lugar donde pudieran ver a los recién llegados. Marco se encontraba con la boca abierta, cerrándola intermitentemente a causa de la sorpresa. José Luis y Adriana sonreían pronunciadamente, aparentemente orgullosos de la sorpresa que le habían dado a Marco. Gabriel, por su parte, volteaba la cabeza entre los invitados y Marco una y otra vez, aparentemente asustado de que aquello le fuera a causar una reacción adversa a su amigo.

—¡Eh, chico! —exclamó uno de los invitados, un hombre de aproximadamente cuarenta años—. ¡Cualquiera diría que has visto un fantasma!

—¿Noé? ¿Eres tú? —inquirió el joven incrédulo.

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