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La atmósfera se volvió irrespirable. La presencia de Galand no era solo la de un guerrero poderoso; era la encarnación de una era de terror que el mundo había olvidado convenientemente. El color carmesí de su armadura, que recordaba a la sangre seca en el campo de batalla, parecía absorber la luz del sol, proyectando una sombra alargada y siniestra sobre la muralla.
Némesis sintió una punzada de advertencia recorriendo su columna vertebral. Sus instintos, forjados en el frío cálculo y la supervivencia, gritaban ante la disparidad de poder. Notó cómo los dedos de Meliodas, que aún se mantenían parcialmente frente a ella en un gesto protector, se cerraban sobre el mango de Lostvayne con una presión tal que sus nudillos blanquearon y las venas de su antebrazo se marcaron como cuerdas de acero en tensión máxima. Era la primera vez que veía al capitán así: sin rastro de burla, sin segundas intenciones, solo una concentración pura y absoluta dirigida a una amenaza de muerte.
Merlín, por su parte, dio un paso imperceptible hacia Arthur. Sus ojos violetas, siempre rebosantes de conocimiento y control, reflejaban ahora una sombra de cálculo desesperado. Sus labios estaban apretados en una línea fina; sabía que Galand de la Verdad no era un adversario que se pudiera contener con trucos simples.
Galand ladeó la cabeza, el sonido del metal de su cuello chirriando de una forma que erizaba la piel. Sus orbes vacíos recorrieron las murallas, observando a los Caballeros Sagrados de Camelot, quienes permanecían paralizados, con el sudor frío bajando por sus sienes.
— Así que esto es un nudo de humanos... —su voz retumbó, profunda y metálica, cargada de un desprecio milenario— Han cambiado bastante en comparación a hace tres mil años. Se ven más débiles, más frágiles... Pero el hecho de que pululen juntos como insectos cuando tienen miedo es algo que no ha cambiado, después de todo.—
Arthur apretó los dientes, herido en su orgullo por su pueblo, pero antes de que pudiera proferir palabra alguna, el mundo pareció estallar.
Sin previo aviso, sin que el ojo humano o incluso el de los Pecados pudiera registrar el movimiento completo, Galand alzó su lanza. Fue un gesto casual, carente de esfuerzo aparente, un simple movimiento de muñeca. Pero el resultado fue apocalíptico. Una onda de choque invisible, nacida del puro desplazamiento de aire y energía, barrió todo el sector izquierdo de la ciudad. El estruendo fue ensordecedor. Edificios de piedra sólida se desintegraron como si fueran de arena; hogares que habían albergado familias durante generaciones volaron por los aires convertidos en astillas y polvo. Los gritos de los soldados fueron silenciados instantáneamente por el estallido. En menos de un segundo, lo que era un paisaje urbano lleno de vida se transformó en un páramo llano, gris y desolado. Una cicatriz de muerte que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.