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En aquel cielo de octubre, frío e infinito, se podía ver una luna llena increíble mientras Demet y Olivia salían del bloque de apartamentos. Demet inspiró hondo y se quedó mirando las estrellas titilantes que se esparcían en aquel dosel por encima de los altísimos edificios. Ya tenía ganas de que llegara esta estación. El aire, aunque fresco, conseguía que entrara en calor y le recordaba a su hogar. Y en ese preciso instante sintió que necesitaba a su madre más que nunca.

—Estamos estupendas, Dem —gorjeó Olivia mientras llamaba a un taxi—. Mi madre siempre dice que no hay dinero mejor invertido que el que se gasta en el pelo, el maquillaje y la manicura para una noche como esta.

Antes de que pudiera decirle que su madre tenía más razón que una santa, una elegante limusina negra se detuvo frente a ellas. El chófer salió y Demet recordó que ese mismo hombre los había llevado a casa de Can en los Hampton.

—Buenas noches, señorita Martin —dijo el hombre regordete y canoso a Olivia—. Disculpe la tardanza. En la ciudad hay varias calles cortadas por obras de las que no tenía constancia.

—Hola, Marcus —respondió ella con una sonrisa, acercándose a él—. ¿Te ha enviado ese astuto cabrón?

—Sí, señorita Martin. El señor Yaman me ha pedido que las recogiera, a usted y a la señorita Özdemir, a las seis en punto. Una vez más, les pido disculpas por llegar tarde.

—¡Anda ya! Me encantan las sorpresas. Pensaba que teníamos que llamar a un taxi para ir a la fiesta. —Se echó a reír y luego se volvió hacia  Demet—. Al parecer, el señor Yaman colma de atenciones a las personas que realmente le interesan… porque nunca había enviado una antes.

Demet sacudió la cabeza y entró en la limusina. Después de acomodarse, Olivia abrió una botella de champán y sirvió dos copas.

—¿Dinky Winky te ha vuelto a llamar?

—¿Dinky Winky?

—Sí, como aquel teletubbie. ¿Te ha llamado?

—Ese apodo es nuevo —suspiró Demet—. ¿Y tú qué crees?

—Bueno, pensaba que lo había entendido por fin porque no le has cogido el teléfono. —Se encogió de hombros—. Y hoy no han llegado flores al apartamento, así que he supuesto que ya se había rendido.

Demet sabía que Dilan no era de los que se rinden con facilidad.

—Bueno, en el apartamento no, pero sí las ha enviado a Bella Lucina hoy mientras yo estaba trabajando.

—¿No jodas? —espetó Olivia con los ojos muy abiertos—. ¿Cuántas, esta vez?

Demet se quedó pensativa con la copa en la mano.

—Digamos que las suficientes para que Antonio decorara todas las mesas y la barra y le quedaran unas cuantas para regalárselas a su novia.

Olivia apuró su bebida, se echó hacia atrás en el asiento y adoptó una expresión conciliadora.

—Bueno, estoy muy orgullosa de ti por no ceder, pero espero sinceramente que te mantengas firme cuando vuelva de Florida. He hablado con Burak antes y me ha dicho que el imbécil solo habla de lo decidido que está por recuperarte.

Demet miró por la ventana y se quedó absorta por la belleza de las brillantes luces de la ciudad. Las veía pasar y pensaba en que se sentía como la víctima de un aparatoso accidente de tráfico, llena de golpes y magulladuras. Aunque no tenía ningún hueso roto ni la piel desollada, le sangraba el corazón por las heridas causadas por Dilan. Seguía dándole vueltas a las palabras que le había dicho, que le dolían tanto como cuando las dijo por primera vez. No podía negar que se sentía culpable por haber provocado esa situación; aunque sabía que podría haber prevenido lo sucedido, no iba a ceder.
No podía. Se aseguró de que todas las llamadas fueran a parar al contestador, pero él tuvo las agallas de llamar a la escuela de primaria donde ella trabajaba. También hizo caso omiso de esos mensajes. Sin embargo, la mayor sorpresa se la llevó cuando la madre de él se presentó en su casa sin previo aviso y bastante molesta. Demet cortó la breve visita cerrándole la puerta en la cara.

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