37- Cambios y sucesos inesperados.

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*Paula*

El sonido de la lluvia y un suave cosquilleo en la espalda me fueron despertando poco a poco. Estaba sumamente agusto, con la cabeza encima del pecho de Álvaro, notando como respiraba. Su mano subía y bajaba recorriendo mi columna vertebral, pero tenía los ojos cerrados, por lo que estaba en uno de sus trances entre la realidad y sus sueños. Me quedé mirando la ventana, maldiciendo el haberme quedado despierta hasta tarde, e intentando conciliar de nuevo el sueño. Pero fue en vano, ya que en cuanto fui consciente del día que era, y de la hora que marcaba el despertador de la mesilla de Álvaro... Mi corazón comenzó a bombear estrepitosamente, y me incorporé de golpe.

-Dios mío... ¡ME HE DORMIDO! -salté de la cama, despertándole del susto, y me fui corriendo a la ducha. Podría haberme dormido diez minutos, o tal vez veinte... Pero no, mi móvil traicionero no había sonado, y me había dormido una hora y media de más.

Salí sin desenredarme el pelo, me vestí con lo primero que pillé en el armario, y mientras me aseguraba de llevar todo en el bolso, Álvaro me dio un café y una tostada, que me metí como los pavos, sin masticar apenas. En el ascensor, usando la goma de emergencia que llevaba siempre en la muñeca y el espejo que cubría las paredes, me hice un moño en un intento de disimular el desastre que tenía por pelo. Me iban a matar, sabía que me iban a matar... No serviría de nada el hecho de lo mal que me sentía por llegar tarde, sino que iban a crucificarme nada más poner un pie en el departamento.

Casi una hora después, entré sigilosamente por la puerta, mirando hacia la mesa de Santiago, que estaba hasta arriba de carpetas pero sin jefecillo a la vista, y el resto estaban tan inmersos en las pantallas de los ordenadores que ninguno se percató de mi entrada. Me senté en mi silla y encendí el ordenador. El reloj del sistema operativo marcaba las nueve menos cinco de la mañana. Podría considerar un récord el haber reducido el tiempo de retraso a 55 minutos, pero dadas las circunstancias, prefería alegrarme con el hecho de que había pasado desapercibida. O eso pensaba, hasta que se iluminó las notificaciones de la mensajería interna, y un correo de Santos hizo que me diera un vuelco el estómago.

"A mi despacho, ahora mismo. No te entretengas con nada y ven directamente, sin hablar con nadie."

Me sentía como una niña pequeña, cuando hacía algo mal en el cole y la regañaban. La mano me temblaba cuando la apoyé en el picaporte de la puerta y lo giré para abrirla. Santos estaba escribiendo algo en un papel, mientras que con el hombro sujetaba el auricular del teléfono al oído. Hizo un gesto con la mano para que me sentara hasta que acabara de hablar. Una incipiente barba de tres días, acompañada de su bigote, me indicó que había tenido guardia, por lo que estaría con un humor susceptible, y eso no me ayudaría nada. Desde que volví de mis días de descanso tras la locura de enero, nos remitieron los casos más complicados, por lo que este último mes y medio había sido un completo estrés, que se había traducido en horas extra y días sin dormir. Yo estuve dos semanas "castigada" con todo el papeleo. Mentalmente me fui preparando para la charla que iba a echarme, y no presté atención a lo que hablaba hasta que llegó a la última parte de la conversación.

-Santos: bien, en una hora estará allí. Adiós. -colgó, y se quedó mirándome- Has llegado un poquito tarde ¿Eh?

-Lo siento, no sonó el despertador, me dormí, salí lo más rápido que pude, y encima había tráfico por lo que he tardado un poco más, te prometo que no volveré a hacerlo.

-Santos: confió en ti, sé que no volverá a pasar. Tenemos que hablar... Sobre tu trabajo.

-¿Qué ha pasado?

-Santos: voy a cambiarte de división, es algo temporal, pero creo que te gustará y te vendrá bien.

-¿Cambiarme de división? ¿Por qué?

4- This is the lifeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora