Capítulo Uno

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Mantenía los ojos fuertemente apretados mientras todo se movía a mi alrededor con una rapidez que jamás había experimentado.

El vampiro me llevaba cargada en su hombro como una bolsa de papas. Tenía un brazo rodeándome las piernas para que no me cayera y podía sentir que las apretaba con fuerza, aunque sin llegar a lastimarme.

El aire a mi alrededor, ya de por sí frío, se sentía gélido sobre mi piel, y parecía golpearme como un látigo invisible.

Podía sentir cada vez que saltábamos de un techo a otro, el cabello moviéndose y mis manos fuertemente agarradas a alguna parte de su chaqueta, por el terror que le tenía a caerme desde allí arriba. También sentía cada vez que él apoyaba los pies después de un salto, la elegancia con la que lo hacía y su ligereza.

Mi padre había sido un cazador de vampiros, y mi hermana, siguiendo sus pasos también se había convertido en una. Siempre me habían contado situaciones horribles que los involucraban, me habían descrito sus expresiones cuando tenían sed de sangre, y me habían advertido de lo difícil que era estar cerca de uno, sin querer rendirse a sus pies. Pero también me habían contado la clase de monstruos que eran y de que formas hacían que la víctima misma fuese hacia ellos.

Los vampiros eran criaturas bellas pero monstruosas. Elegantes pero salvajes. Similares a los humanos, pero nunca iguales.

Cuando el vampiro se detuvo por más de un minuto, me animé a abrir los ojos. Seguía colgando de su hombro como un muñeco de trapo, pero él ya no me sostenía. En cambio, yo, seguía apretándole la chaqueta, sin percatarme.

– ¿Piensas bajar? Me estás arrugando el abrigo– oí que decía, con cierto escepticismo.

– ¿Dónde estoy? ¿Por qué me secuestraste? – dije apartándome y poniéndome de pie torpemente.

– Entra– me ordenó.

Me volví en la misma dirección en la que él miraba. Estábamos ante la puerta de una mansión que jamás había visto antes. Una estructura rectangular que debía medir al menos cien metros de ancho. Las paredes eran de granito color hueso, y se elevaban muchísimos metros, para terminar en techos puntiagudos, como una iglesia antigua.

Había enormes ventanales cubiertos por pesadas cortinas de color rojo oscuro, por lo que no podía verse el interior de aquel lugar.

La entrada estaba conformada por unos escalones de mármol jaspeado, que conducían a una pesada puerta de madera oscura.

– No...- tragué saliva con dificultad y apreté los puños a los costados de mis piernas– ¡No pienso entrar! –

– No te pregunté...– dijo frunciendo un poco el ceño, pero le sostuve la mirada intentando parecer menos aterrada de lo que estaba– los humanos son tan molestos– suspiró y volvió a cargarme en su hombro sin previo aviso.

– ¡Bájame! ¡Bájame ahora mismo! – exclamé, y como toda respuesta oí el ruido de las rejas principales abriéndose y sus pisadas en el camino de grava que conducía a la mansión.

Pocos segundos después, estábamos dentro. El vampiro me soltó sin previo aviso y caí en un frío suelo también de mármol, pero de color más oscuro.

No me animé a preguntar nada más, y lentamente me puse de pie. Era un lugar tan grande que ni siquiera podía imaginar qué había detrás de cada una de las puertas.

En el medio había una escalera ancha que se bifurcaba en dos direcciones, que a su vez se conectaban con pasillos. Sobre mi cabeza pendía una lámpara de araña enorme, con cristales que reflejaban la luz, en forma de manchas, en las paredes.

– ¿Quién es ella? – oí una voz a mis espaldas.

Me volví y vi a un niño a pocos centímetros de mí, observándome con rostro lúgubre y con un gato negro entre los brazos.

Casi me dio un infarto, ni siquiera había visto de dónde había salido. Retrocedí unos pasos y me golpeé con alguien más.

– Está sangrando...- me volví nuevamente – ¿Quién es? –

Detrás de mí había una chica terriblemente perfecta. Su piel era pálida y parecía extremadamente tersa. Llevaba el cabello negro y lacio, corto justo por debajo de la barbilla y un flequillo recto cubriéndole la frente.

Sentía el corazón a punto de explotarme. No solo se trataba del vampiro que me había llevado hasta allí, había muchos más de ellos en aquél lugar y yo estaba allí sola, con el corazón latiéndome tan fuerte que seguramente todos podían oírlo, y con las manos arañadas.

– Gary, ya te dije que dejes en paz a mi gato– oí que decía el vampiro que me había arrastrado hasta aquel lugar.

– Préstamelo un poco...– le pidió el niño, que, a pesar de rondar los nueve años, era terrorífico – es gracioso verlo asustado...–

El gato, con su pelaje brillante y un cascabel dorado colgándole del cuello, parecía buscar desesperadamente una forma de alejarse de Gary, pero el niño lo tenía fuertemente agarrado, y parecía disfrutar de aquel pequeño sufrimiento.

– Suéltalo– le dijo el vampiro.

– Perdón Cedric– suspiró el niño y soltó el gato sin más.

– En cuanto a tu pregunta– continuó Cedric– ésta chica es April Fontaine–

– ¡Con qué eres tú! – la chica se colocó delante de mí, rápida como un rayo y me empujó lanzándome contra las escaleras.

Caí de espaldas, con los escalones clavándose en mi piel y apreté los dientes intentando que nadie supiese lo mucho que me había dolido aquello.

– Quieta Destiny– la voz de Cedric se volvió repentinamente gélida.

El vampiro caminó lentamente hacia mí, pero antes de alcanzarme, alguien se colocó en el escalón superior a donde estaba mi cabeza y se agachó para mirarme con una sonrisa lasciva.

– Qué suerte... Comenzaba a tener hambre– dijo el vampiro que me observaba desde arriba.

Me puse de pie lo más rápido que pude, había cuatro vampiros a mi alrededor y una de ellos ya había intentado matarme.

– Escucha como late su corazón– continuó diciendo el vampiro, que tenía un parecido enorme con la chica que acababa de empujarme.

– Está asustada– se rio ella– es como una rata en una trampa–

– Basta– la voz de Cedric retumbó entre las paredes de la mansión, mientras se detenía a mi lado y escudriñaba a todos con una mirada de advertencia– es la hermana de la chica que buscamos, no es ella– explicó– y ninguno de nosotros va a tocarla, hasta que decidamos que hacer–


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