—El vecino vino a devolver el azúcar que le prestaste —me cuenta Monett mientras comemos los espaguetis con carne que preparó para el almuerzo —¡Parece un dios griego!
—¿A caso alguna vez viste un dios de la Grecia antigua? No puedes dar por sentado que son apuestos —la molesto haciendo que ruede los ojos fastidiada, ella apenas tiene treinta años, demasiado joven para actuar como una madre, pero perfecta para una tía —además tú tienes a Jacobo.
—Que tenga novio no quiere decir que no tenga ojos y ese pedazo de hombre, está divino — mientras habla me señala con el tenedor y pone ojos soñadores, definitivamente el vecino si está como para quedarse viéndolo a lo tonto, pero no se lo diré en voz alta a Monett o jamás parará de molestarme sobre ello.
Terminamos de almorzar unos minutos después, mientras yo lavo los platos mi tía se sienta en el comedor con una calculadora y las facturas de la cafetería, me temo que últimamente los clientes no son los necesarios para pagarle a los proveedores y los trabajadores, las ganancias se han reducido considerablemente y con ello la tranquilidad de Monett.
—¿Qué tan mal estamos? —le pregunto sentándome en el suelo a poca distancia de ella para jugar con Tomy.
—No te angusties, Nia —me dice sin apartar la mirada castaña de sus cuentas —nos repondremos, siempre lo hacemos.
—Puedo trabajar algunos turnos sin paga —ofrezco mientras mi perro muerde su juguete en forma de hueso sin prestarle atención a nada más —debemos hacer innovación en la cafetería o vamos a perderla, Moni.
—No podemos perderla, es todo cuánto tenemos —la desesperación impresa en su voz me hace sonreír con melancólica, cuando se hizo cargo de mi Monett tenía mi edad, hace ya once años.
—Moni, no desesperes, deja de hacer cuentas y piensa en algo más —le digo sujetando un extremo del hueso de goma mientras Tomy tira del otro lado gruñendo —pintemos las paredes, cambiemos el menú.
—Eso significa más gastos —chilla ella bajando el lápiz para girar a verme.
—Eso significa una inversión —la corrijo sonriendo al mismo tiempo que el canino consigue quitarme el juguete, el impulso de la fuerza que había estado haciendo provoca que caiga de espaldas y mi cabeza golpee el suelo causando un sonido seco.
—¡Katania! —se alarma mi tía poniéndose de pie y acercándose para ver si estoy bien, enseguida me siento sobándome la parte golpeada con las manos y riéndome a carcajadas —Dios niña, eres un peligro para tu propia existencia.
Monett se une a mis risas, la verdad es que siempre estoy ganándome golpes, cortes, tropiezos, caídas y todo accidente que pueda ocurrir, mi tía dice que se debe a mi incapacidad para centrarme en una sola cosa, al estar alerta a lo que pasa a mi alrededor de forma inconsciente no presto la suficiente atención a los movimientos que hago y termino abrazando el suelo cual saludo de San Valentín.
—Estoy bien —hablo cuando consigo detener la risa, el golpe dolió, pero no fue tan fuerte como para hacerme daño real.
—Eres un caos —bufa al tiempo que alguien golpea la puerta llamando la atención de ambas, Tomy continua mordiendo su juguete entretenido —ponte hielo en ese golpe, yo abro la puerta.
Asiento con la cabeza, con los años uno aprende a nunca llevarle la contraria a Monett, la mujer es tan decidida que de negarme a una de sus órdenes resultaría en un buen par de horas escuchando lo importante que es obedecer a los mayores y por qué ella está a cargo en esta relación.
Yo digo que está a cargo porque no tiene mis niveles de torpeza y no porque nació años antes que yo.
Dejo a Monett atendiendo a quien sea que esté tocando y camino a la cocina, en el congelador siempre está la bolsa de gel congelada especial para los golpes y dolores, usualmente soy yo la única que la utiliza, pero es efectiva. La acomodo en la parte posterior de mi cabeza, duele al contacto, pero esto evitará que mañana tenga inflamada esa zona cual huevo cocido.
—¡Nia! —la voz de mi tía me hace caminar hacia el pasillo para saber que necesita.
En serio, insisto en que las personas apuestas son inoportunas, Damien pudo llegar una hora atrás y yo estaría bien vestida y presentablemente decente, pero justo ahora soy lo que el diccionario definiría como "caos". Mi camisa está salpicada con salsa de carne, voy descalza, tengo el cabello al mejor estilo del rey león y no se puede omitir la bolsa de hielo que sujeto en mi cabeza.
¿Por qué te gusta reír tanto a costa de mis desgracias, diosito? ¿Qué te hice yo?
—¿Me llamabas, tía? —pregunto fingiendo que no me doy cuenta que el vecino está de pie en el pasillo frente a nuestra puerta, a este hombre se le vería bien hasta un saco de papas como ropa, benditos los genes que lo formaron.
¡Katania, contrólate!
—¿Podrías decirle a Bob que llame a Marcos? —le pide la pelinegra, asiento con la cabeza arrepintiéndome porque el movimiento me causa escozor en el golpe de hace minutos.
—Dame un segundo —pido perdiéndome rumbo a mi habitación con la dignidad que pueda restarme aún.
Marcos es el plomero de confianza del edificio, seguramente Damien intentó buscar a Bob para pedirle algún favor, pero no lo encontró, adivino por la hora que el hombre está en su casa disfrutando de una buena taza de café humeante con las galletas de avena de la señora Alma. Me cambio la camisa por una limpia y libre de comida, acomodo mi cabello con la yema de los dedos y finalmente me calzo las bailarinas blancas que estaban por alguna extraña razón en la cama de Tomy.
Este perro me dejará sin zapatos algún día.
Al regresar a la entrada Monett está averiguándole la vida completita al rubio, él parece tener paciencia con ella porque responde a cada pregunta, aunque cortes de forma escueta, decido salvarlo del interrogatorio tipo FBI y con una mirada le pido que me siga por el pasillo hacia las escaleras, Damien se despide de mi tía en cuanto ve la ocasión.
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Dulce Caos
RomanceDamien Montenegro es un chef reconocido, dueño de un restaurante importante de la ciudad, cuando se muda a un pequeño edificio de apartamentos lo último que espera es cruzarse con un huracán como Katania Faradhay, una universitaria siete años menor...
