4. Las galletas de Alma

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—Si no puedes encontrar a Bob en la recepción entonces toca la puerta de su casa, no se molestará —le explico al hombre de cabello rubio mientras bajamos las escaleras, a su lado mi metro sesenta y nueve centímetros de estatura es corto e incluso sin abdomen plano me veo menuda, hace que interiormente no me sienta tan mal por no tener cuerpo de protagonista de película romántica de Hollywood.

—Entiendo —me responde, asintiendo con la cabeza, pienso que la luz que llega por las ventanas hace ver sus ojos más claros, es alguien de pocas palabras al parecer.

Seguro y se estresa después de diez minutos escuchándome parlotear cual loro mojado. Pero simplemente no puedo evitarlo.

Al salir del edificio Ryan me saluda animado, le devuelvo el gesto y atravieso el jardín con Damien pisándome los talones, la casa de los Morrison está solamente a unos pasos así que no tardamos, es una bonita construcción blanca de una sola planta con un muy bien cuidado jardín lleno de flores coloridas. Toco el timbre mientras me balanceo sobre las bailarinas al ritmo de alguna canción que solo se reproduce en mis pensamientos, soy incapaz de permanecer quieta más de cinco segundos, puedo llegar a ser irritante y soy totalmente consciente de eso.

—¡Katania, niña linda! —la señora Alma me atrapa en sus brazos apenas si abrió la puerta, acostumbrada a ella solo me río por su acción.

—Hola —saludo, cuando por fin rompe el abrazo —¿Crees que podamos hablar con Bob?

—¡Por supuesto! —sonríe, abriendo más la puerta de su casa en un claro gesto de invitación —entren hijos, adelante.

—No te atrevan a rechazar nada de comer que te ofrezca la señora Alma —le susurro a Damien mientras caminamos rumbo a la sala de estar, él me observa confundido y yo libero una risita apenas audible provocada por su expresión.

La sala es mi lugar favorito de la casa, las paredes están pintadas de color durazno, los muebles y la alfombra son grises, en el borde superior de la chimenea hay un montón de fotografías enmarcadas que incluyen imágenes de ellos, su único hijo, Monett y yo, la mayoría son viejas. Bob está sentado en su sillón y la mesita de centro está llena de bocadillos.

—¡Katania, hija mía! —sonríe Bob al verme aparecer, este hombre me vio crecer desde que tenía ocho años y Monett llegó conmigo a cuestas junto a una maleta azul, él es más como mi abuelo.

—Hola, Bob —sonrío, acercándome para abrazarlo, él responde el gesto con mucha más suavidad que su efusiva esposa —verás, mi nuevo vecino requiere de los servicios de Marcos.

—¿Ocurre algo con el apartamento? —pregunta el anciano frunciendo el ceño, la señora Alma nos ordena sentarnos de una manera indiscutible que consigue verse amable, no resta más que obedecer a la mujer.

—Nada de eso, señor Morrison —Damien niega con la cabeza mientras yo paso la mirada buscando algún detalle diferente en el lugar, sin embargo, parece que todo se mantiene igual a la última vez que estuve aquí —necesito instalar algunos aparatos en la cocina, es todo.

—Oh, bien bien —responde el dueño del edificio, sonriendo —llamaré a Marcos enseguida, pueden esperarlo aquí.

—Coman algo mientras esperan —Alma aparece con su sonrisa maternal y una bandeja de galletas junto a lo que, por el aroma, me parece que es chocolate caliente —no te preocupes linda, no les puse nada de canela.

—He de sentirme halagada porque recuerdas a que soy alérgica —dramatizo con una mueca de diversión antes de morder una de las galletas, son lo más rico que cualquiera podría probar, pero esta vez son aún mejores —esto está delicioso, siempre consigues cambiar la receta.

—Experiencia de la abuela, cariño —sonrió la mujer, pasando las manos por su espeso cabello rojizo que empezaba a verse blanco por el paso de los años.

—Me encantaría tener la receta de estas galletas —comentó, para mí sorpresa, mi juego vecino, sentado a mi derecha. Él había mordido una galleta de chocolate y parecía encantado con el sabor, como todo el mundo cuando probaba comida de Alma.

—Puedo dártela, hijo —accedió la mujer feliz de tener la atención centrada en su comida.

—Bueno, yo debo irme, tengo deberes que hacer —expliqué, poniéndome de pie, por mi pasaba las horas comiendo galletas y escuchando historias de cuando Bob estuvo en el ejército, pero a mis profesores no creo que ese plan les guste más que los informes hechos a tiempo en sus correos electrónicos.

Alma empaca galletas en una bolsa de papel para que le dé a Monett, le agradezco mucho y me despido de todos con, mi siempre demasiado energética, manera de hablar, después me apresuro a subir las escaleras del edificio saltándome algunas y tropezando por eso, cuando llego a mi apartamento tengo las mejillas calientes por el esfuerzo.

¿Buen físico? ¿Atlética? Evidentemente no, esos son puros antónimos de mi existencia.

—La señora Alma te manda galletas —le digo a Monett, que está sentada en posición de flor de loto sobre el sofá viendo máster chef junior en la televisión.

—Que rico —dice como si fuese niña pequeña, extendiendo una mano para que le dé la bolsa, ¿Adulta responsable? Eso aquí no existe aquí.

La dejo comiéndose las galletas, cual ratón dentro de alacena, y voy a mi cuarto donde Tomy duerme plácidamente ¿Para qué ahorré en una cama para perros si este animal prefiere el suelo? No se inmuta cuando paso junto a él y salto sobre mi cama, Monett comparte conmigo su laptop así que dígito la clave y me dispongo a hacer la investigación para economía, para cuando me doy cuenta tengo como quince páginas abiertas en el navegador y Rosas, de la oreja de van Gogh, suena a la mitad del volumen máximo.

¿Cómo hay gente que puede hacer tareas u oficio sin música? Anormales.

—¡Katania! ¡Necesito que vayas a comprar despensa! —grita Monett, casi tres horas después, haciendo que Tomy se despierte de golpe, me río de sus torpes movimientos antes de enviar el archivo que estaba haciendo al correo del profesor.

—¡Dos minutos! —grito apagando la computadora, estamos a solo una puerta de distancia, pero como buenas flojas es mejor gritarnos que ir hasta la otra y hablar en un tono decente para las normas sociales.

Busco un abrigo entre mi ropero y tomo el primero que se me cruza, un lindo modelo color cielo con estampado de flores, un regalo de Alma hace varias navidades atrás.

—No me mires así que Monett ya te saco a caminar hoy, además no puedes entrar al supermercado —le hablo al perro, que está moviendo la cola con la mirada en mi dirección —no tardo, amigo.

Lanzó un beso al aire en dirección a Tomy, él ladra feliz, pero decide que no quiere perseguirme por esta vez y le deja irme en paz por los encargos de mi tía.

Dulce CaosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora