¿Escuchas eso?
Son los últimos segundos en el reloj, el ruido ensordecedor de la multitud y la última oportunidad para un touchdown.
Apasionado. Fuerte. Ágil. Taciturno. Inestable. Temeroso. Culpable. Robusto. Dispuesto a recorrer el infierno para...
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Día 25: Pretemporada
Que me lleve el diablo tres veces.
Esa cafetería era el tercer lugar al que iba esa mañana y el tercer lugar que me encontraba con Michael, sentía su mirada oscura seguirme mientras iba al fondo y me decidía por dos cafés cargados, con suerte lograría vaciar uno en él. Pero cuando me senté en una mesa alejada del resto y con horribles corrientes de aire helado, él me siguió y se sentó en la única silla disponible.
Él lo sabe.
Desde que me desperté esa mañana, espantosamente temprano y con un dolor de cabeza que me partía el cráneo, todo regresó a mí. Subirme a la barra del bar, Lara tras de mí, Lara hablando a través de la puerta, llorando, Lara en mi cama... Joder. Esas palabras no debería formar nunca una oración, nunca debía pasar. Desde que todo cayó en su lugar y salí de la bodega tenía la sensación de que todos lo sabían. Que cada persona en Shadow Valley lo sabía y me condenaba.
Pero en ese momento, mientras Michael me miraba en ese constante silencio agarrar la taza con una mano temblorosa supe que él lo sabía. Maldije y aparte las manos para ponerlas cerradas sobre la superficie de la mesa y mirarlo directamente.
— No es mi política pero hoy realmente quiero llegar a los puños con alguien — le advertí.
Él solo parpadeó y movió su brazo con férula que ya había recuperado casi la totalidad de su movibilidad.
— No me importa — declaró rotundamente y luego añadió lentamente, como si quisiera asegurarse de que escuchara cada letra de sus palabras — Mereces un puñetazo.
Solté el aire y la segunda peor sensación del día me invadió, el dolor más absoluto.
— Lo sé, yo lo sé.
Le había gritado a Lara. Le había gritado, Dios... Su hermoso rostro lleno de dolor me perseguía, se me clavaba en el pecho como una estaca. La había humillado, le había hecho un daño terrible.
— ¿Cómo...? ¿Cómo está ella? — mi garganta se cerró alrededor de las palabras.
Él se echó para atrás y me miró, solo me miró por un largo rato.
— Es fuerte — dijo finalmente.
— Eso no responde la pregunta.
No lo dijo pero escuche lo que pensaba "No mereces una mejor respuesta". No, no lo merecía. Merecía hundirme en la miseria y la culpa. Varios puñetazos, además. Me frote el rostro con las manos, tendría que verla en el entrenamiento, ella estaría allí. Por pura terquedad y orgullo, ella estaría allí y me haría sufrir.
— Una zorra — dijo de repente.
Levanté la mirada bruscamente, mis manos regresando a cerrarse en puños dispuesto a saltar sobre la mesa hacia él.