9. La llamaron Angélica.

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No confiando en mi y mi capacidad como doctor, había cruzado el lago y llevado a Lara al hospital, no era tan estúpido como para creer que unas raíces y hierbas podrían salvarle la vida a alguien, así que había entrado en la sala de emergencias con una Lara que deliraba entre nubes y osos, ardía en fiebre y respiraba apenas superficialmente.

Me había sentido tan inútil cuando las enfermeras me obligaron a quedarme afuera mientras la atendían, me decía que debería irme, regresar a la cabaña y olvidar las últimas semanas, pero no podía.

Realmente no podía. Por Wayne. Pero principalmente por mí.

¿Y si cuando ella despertara se encontrara sola?. Cuando hablaba de sus hermanos​ lo hacía con la certeza de quien sabe que toda está perdido.

Me quedaría con ella, al menos hasta que lograra verla mejor.

Y aun después.

Aunque tuviera que enfrentar algunos fantasmas del pasado mientras tanto.

Mientras me encaminaba a la que por dos años fue mi casa cuando asistía a la universidad me daba cuenta de cuánto habían cambiado las cosas, recordaba que había un pequeño parque con árboles de durazno en la novena calle donde los niños jugaban a las escondidas, ya no habían árboles ni parque solo un vertedero de basura, además de que antes en la casa del señor Doggles siempre ondeaba una bandera de las sombras con sus brillantes letras blancas, recibiendo a cualquiera que se dirigiera hacia el centro de la ciudad, ya no había bandera ni estandarte.

La ciudad había pasado por momentos difíciles y ahora me daba cuenta de cuánto habían perdido.

No sólo yo, todos.

Mientras más me acercaba a mi barrio más cosas se veían diferentes, un indigente dormía en el duro suelo frente a donde había sido la iglesia y ahora solo quedaba los vitrales rotos, alguien buscaba en la basura de la esquina mientras que un niño lloraba desconsolado en algún casa más abajo. El viento, como si también quisiera añadir su parte, golpeaba ventanas y puertas colándose por rendijas y me di cuenta de que si no hubiera salido de la cabaña esta noche probablemente no habría podido salir, porque con esa primera tormenta auguraba un invierno largo y duro.

El incendio no solo le había quitado la vida a mis compañeros sino a toda la ciudad.

Me detuve frente a mi casa, o lo que creí que era mi casa, desconcertado miré de un lado a otro por la calle y de vuelta al frente. Era mi casa, si. Pero había alguien dentro, las ventanas estaban iluminadas y salían espirales de humo de la chimenea, el jardín no estaba descuidado como se esperaría de una casa en la que nadie viviera por varios meses.

Sin estar muy seguro subí las escaleras del pórtico, ¿Quién podría vivir allí y que habían hecho con mis cosas?

Golpeé la puerta un par de veces, si bien era mi casa no me gustaría irrumpir con alguien adentro. La puerta no se abrió por lo que volví a golpear con más insistencia.

Ahora, bien; yo había comprado esa casa.

Luego de un instante la puerta se abrió, mi mano quedó suspendida en el aire, estupefacto.

- ¿Dave?.

El hombre castaño frente a mi parpadeó reflejando igual de estupefacción que yo, al cabo de un instante se echó a reír. Con fuerza.

- Hermano - me dio un abrazo mientras yo aún seguía sin poder creer que mi hermano, mi hermano pequeño hubiera robado mi casa - ¿Desde cuándo tocas la puerta de tu casa, Forbes?

- ¿Desde cuándo vives en mi casa, Dave?

- Tengo que decir touché - sonrió y yo reconocí esa sonrisa, era la sonrisa de mi madre - Vamos, pasa. Grier se va a morir cuando te vea.

El Quarterback Y YoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora