10. Agujeros En El Lienzo

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Cada persona era un rompecabezas.

Hechos de piezas que encajaban y otras que con el tiempo se amoldaban para encajar, a cada nueva persona que conocían le mostraban solo una pieza de quien realmente eran y nunca se llegaba a conocer la imagen completa.

Ni siquiera los padres a los hijos.

Lara había mostrado una pieza diferente a cada persona que la conocía, la de una chica fuerte, alguien indefenso, un ángel, una mentirosa, soñadora, alegre, nostálgica, manipuladora, mentirosa. Yo había visto más de una pieza, muchas más de lo que los otros habían visto, pero no sin llegar a ver absolutamente todas.

No eran facetas que se contradecían, eran fragmentos que se complementaban.

Esa noche los trozos comenzaban a unirse, contando una historia. Quien se había presentado como Lara Loan en realidad era Larissa Gallagher, la chica que por razones egoístas había huído de su casa para cumplir su metas narcisistas, había visto muchas veces la expresión desolada de Sue mientras el nombre de su hija saltaba en la conversación, así como los lapsos de nostalgia que embargaban al coach. Esa chica había vuelto a su ciudad siete años después, justo el día del incendio, se había enfrentado a la llamas y a la pérdida repentinamente, y en su intento de salvar una vida por poco pierde la suya propia. Había caído en coma durante trece largos meses, un sueño velado por personas que desconocían su nombre pero sabían de su valentía, había despertado para darse cuenta de que sus padres habían muerto y por alguna razón había tomado la desición de cruzar el lago y encontrarse conmigo.

Para que jodidos infiernos, no lo sé.

Varias incógnitas habían sido respondidas, el porqué de esa delgadez extrema y la palidez de sus mejillas; su enfermedad había sido implacable, también sus momentos de melancolía mientras recordaba sus padres, su esperanza manchada por pesimismo, su inteligencia, su destreza para el fútbol americano heredado de su padre.

Pero aún habían agujeros en el lienzo, lo sabía.

¿Por qué había regresado? ¿Por qué se había ido realmente? ¿Cuánto de lo que me dijo era cierto? ¿Por qué no decir la verdad? ¿Importaba realmente?

Había encontrado la manera de olvidar, al menos eso era lo que me decía a mi mismo. Ya no sentía nada hacia ella, ni cariño, ni enojo, ni decepción. Ni una condenada emoción.

Estaba muerta para mí.

O quizás era yo el muerto.

Final de la primera parte.








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