23. Me Haces Querer Muchas Cosas

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Día 11: Pretemporada

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Día 11: Pretemporada.

Las puntas de mis dedos hormigeaban y tenía este irracional y gran impulso de gritar, reír y llorar al mismo tiempo. Por lo que cuando fui a la bodega/gimnasio de Forbes en la calle Denton tenía mis manos en puños y la boca rodeada por una gruesa y larga bufanda de punto. Aunque sin duda tenía una mirada de loca visible para todo el mundo.

Subí los tres escalones hasta la puerta y empujé la puerta entreabierta, el interior estaba penumbras a excepción del fondo donde sola bombilla amarilla luchaba para iluminar un pequeño círculo a su alrededor, las ventanas no hacían mucho ya que eran alrededor de las cinco de la mañana y el huidizo sol no aparecería hasta pasadas las ocho.

Pero lo encontré al primer vistazo, recostado en un banco de pesas, el aparato más simple y antiguo, subía y bajaba la barra con relativamente pequeños discos negros en los extremos. Al menos no se estaba tratando de romperse un músculo con doscientos kilos. Esa luz tentativa se aferraba a los músculos tensos de su pecho desnudo, marcando los fuertes contornos y valles apenas humedecidos por el sudor. Podría, de cerca, ser el quarterback más perfectamente esculpido de la historia de la liga.

Esperé hasta que dejó la barra en su soporte para tocar suavemente la puerta con mis nudillos y anunciarle mi presencia, él levantó la cabeza para fijar su mirada ceñuda en mí.

- ¿Qué haces aquí? - gruñó.

- Puedo preguntarte lo mismo, Forbes.

Mientras me introducía más en la habitación fui desenrollando mi bufanda, él se levantó y se puso una camisa mientras tanto. Internamente gemí desconsolada cuando cubrió sus músculos, es decir, no es como si no hubiera visto torsos admirablemente marcados a la luz de las velas en mi vida. Había vivido años con tres hermanos preciosos, luego con Michael y los otros hombres del teatro, incluso había salido con un jugador de soccer universitario cuando tenía dieciocho que no era ningún flaco y pálido chico. Pero cualquiera palidecería junto a Forbes, y aún más, con lo que yo sentía al mirarlo sin camisa.

Aun no había profundizado en eso, para hacerlo necesitaba una noche completa con Fiona, una botella y una película de Channing Tatum. Pero debía hacerlo en algún momento pronto.

- Son las cinco de la mañana - dijo con esa voz a medio trueno, áspera y ni un poquito jadeante.

- Puedo decirte lo mismo, Forbes - incliné la cabeza al detenerme frente a él, a unos treinta centímetros de su magnífica presencia. Puse a un lado la lonchera que traía en mi hombro.

Él entrecerró los ojos y me miró desde arriba. El cretino arrogante.

- ¿Qué haces despierta a la cinco de la mañana al otro lado de la ciudad?

Crucé mis brazos sobre mi pecho e hice mi mejor esfuerzo de imitar su expresión pero que en mi rostro ojeroso y pálido debía verse ridículo.

- Por ti, tonto. ¿Sinceramente a quien más crees que vendría a ver? ¿A mi amiga la bolsa de boxeo? - su expresión no se alteró ni un poco, absolutamente nada. Eché los hombros hacia atrás y clavé mi mirada en el techo durante un instante - Siempre me despierto a esta hora, Forbes. Es mi maldición. Aunque me duerma a las siete o a las doce siempre voy a estar despierta y alerta a las cinco, mi cuerpo no admite empezar el día de otra forma. Ni siquiera un periodo en coma cambia eso.

El Quarterback Y YoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora