XVIII: "Él siendo mi protector, tal como su nombre lo describe".

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Todo ocurrió con un malentendido

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Todo ocurrió con un malentendido.

Bueno, la mayoría de las cosas malignas de este mundo se deben precisamente a malentendidos hechos –claramente– de manera errónea en base a datos erróneos e increíblemente idiotas que alguien puede crear. Bien, Liam no es un idiota que se deja llevar por aquellos aspectos pero en cuanto se compromete a mí, probablemente sea una mala combinación.

Todo empezó cuando alguien me preguntó si amaba –léase del verbo: amar– a Liam, justo cuando yo iba apurado por una llamada del veterinario que decía que al gato le iban a operar por algo, al parecer y yo estaba preocupado porque 1) es mi gato y aunque sea un latoso gato, lo quiero, 2) el gato no solía confiar en las personas y tenia que estar con él para que no se asustara y 3) porque sí. Bien, reanudando con lo que decía, me preguntaron eso justo cuando iba saliendo y otra persona me preguntó si jugaba ahora hockey, lo que la respuesta fue un “no” a la segunda pregunta y que por alguna razón respondió a ambas preguntas y la pólvora llegó hasta Liam, que justo pasaba en momentos no tan oportunos cuando yo estaba apurado por lo que yo estaba saliendo entre los murmullos hasta que realmente me percaté de lo que había respondido y entonces las cosas se pusieron un poco feas.

Liam, aparentaba estar tranquilo pero con el movimiento pequeño de su ceja, me di cuenta que parecía estar al borde de un colapso pero mi gato estaba en cuestión de muerte o en este caso, el veterinario y mi hermana, o los tres de paso. No pude responder a su pregunta e indiqué con señas que después le hablaba y salí corriendo al estacionamiento en donde el chofer me recogió rápidamente y nos fuimos al veterinario.

Lo único bueno de aquello fue que no peligró la vida del veterinario ni la de mi hermana. Y también que el regordete gato estaba sano, acostado nuevamente en mi cama y mirándome con esa acostumbrada mirada de superioridad. Rodé los ojos viendo sus ojos miel y entonces recordé que tenía que hablar con Liam acerca de lo de hoy y le marqué.

No respondió por las tres llamadas siguientes.

Y entonces fue tiempo de bajar a cenar y no volví a marcar.

Y de repente, aquel conflicto pasó de unos tonos a un conflicto que se basaba en la ley del hielo de Liam dirigida a mí y por más que tratara de hablar con él, no me dejaba. Y tras intentar demasiadas veces el tratar de solucionar el conflicto, Finn dijo “jamás te humilles, Ian” y esta vez le hice caso de sobra porque después yo apliqué aquella ley, que por más infantil y ridícula que fuera, me hacía sentir menos rechazado de alguna manera. Y más ridículo era yo, vale.

Palabras de miel.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora