Enamorarte de unas palabras es fácil. No, en serio es terriblemente fácil y más para Ian Hargitay.
El responsable es Liam Belzer.
Pero no sólo serán palabras de miel las que enamoren a ambos, también serán los actos que hagan participe el otro.
"...
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Una costumbre casi tradicional en una casa de dos hermanos como Juliet y yo al término de una relación de ella, era ir a Starbucks por un capuchino. No sabíamos el cuándo habíamos comenzado aquella tradición entre ambos pero a decir verdad aquellos momentos ambos los aprovechábamos para mandar a la mierda todo y hacer payasadas toda la tarde por más bizarras que fueran, eran nuestros hábitos de hermanos. Algunas veces personas desconocidas se nos acercaban pidiendo una foto por alguna razón que yo desconocía pero tenía que ver en gran medida con la carrera de modelaje de mi hermana. Y que mi hermana se bajara los anteojos para posar en fotos provocaba que algunas chiquillas saltaran en sus tacones fosforescentes y desafiaran a sus pobres pies.
Era divertido ver aquello mientras mi hermana me hacía señas para que pudiera reír y sin embargo pocas veces funcionaban, era alguien que reía muy poco. Y si lo hacía, era muy forzado.
Aquel sábado fue diferente, mi hermana y yo caminábamos por las relativas cálidas calles de Noruega vestidos en conjunto: beanies grises, bufandas rojas, abrigos negros, jeans negros. Era una combinación rara para una tarde de invierno calorífica como aquella sin embargo en nuestros rostros sólo sobresalía una expresión de placer total al sentir el dulce sabor del algodón de azúcar en nuestros paladares.
Doblamos una esquina y hubo una escena que nos hizo parar en seco ante el ex-novio de mi hermana carcajeando con el chico de las gardenias en plan amistoso, parecían estar en su propio mundo sin ningún problema. Mi hermana pareció adivinar mis próximos movimientos al detenerme con el brazo y exclamar un apenas audible "no". Lo siento, hermanita; tú podrás ser fuerte pero yo soy todo lo contrario a ti y mucho menos el soportar que aquel sujeto esté riendo con el chico de ojos bonitos mientras tú desperdicias tu rímel y tus lágrimas en llorar a causa suya.
Llámenme sobreprotector, llámenme como quieran; yo sólo quiero ver a mi hermana feliz y con una sonrisa en la cara por más que yo tenga que sacrificar mi cara, porque seamos sinceros, el chico de las gardenias ayudaría a su amigo y ni se molestaría en preguntar el por qué. Gracias a Dios, mi cinta negra en diversas artes marciales era realmente práctica en situaciones de peleas callejeras y me permitía portar una pelea con estilo y elegancia tal y como a mí me gusta porque además de derrotar al oponente, ganaba con elegancia y estilo y eso era lo que le subía el ego al hijo de los Hargitay. Sí, encima era algo narcisista.