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Chase Ryder
14 de agosto

Dormía plácidamente hasta que caí de la cama y abrí mis ojos enseguida. El aterrizar de golpe hizo que mi espalda se sintiera mal. Muy mal. Y traté de levantarme pero el dolor no me lo permitió. Fue en ese mismo instante que escuché una risa tierna que conocía demasiado bien.

Mi hermanita pequeña me había empujado de la cama. ¿Cómo una niña podía tener tanta maldad en su mente para idear algo así?

—¿Se puede saber qué te pasa?— mi voz salió ronca por estar recién despierto y, también, porque aún no me recuperaba de esa caída.

Y ahí estaba esa cara. La de arrepentimiento diez segundos después de hacer las peores cosas. Ahora estaba a punto de llorar.

—No llores— me las arreglé para levantarme y abrazarla—. Estoy bien, Leah. Pero no puedes volver a hacer eso. Así no se despierta a las personas normalmente.

—Pero es que no eres una persona cuando duermes. ¡Eres un oso! Te grité muchas veces.

Estaba terriblemente indignada. El que estuviese sacando sus labios más de la cuenta me lo decía.

Reí mientras me levantaba por completo hasta quedar parado. Mi hermana tomó mi mano y el ardor en mis nudillos provocó que la soltara por inercia.

Ya estaba sufriendo las consecuencias de mis estupideces.

Miré el reloj para poder disimularlo, por suerte se me olvidó quitarlo de mi muñeca antes de dormir. Supongo que llegar ebrio en la madrugada deja sus recompensas.

Era tan temprano que quería sacar a Leah de mi habitación y volver a dormir como un bebé. Solo había dormido tres miserables horas.

—¿Por qué viniste a interrumpir mi maravilloso sueño?— aparté de su cara un mechón rebelde. Su pelo siempre estaba esparcido por toda su cara.

—Chay, te tienes que bañar.

O sea que no solo venía a levantarme temprano, también me obligaba a bañarme a esta hora, sin pensar en que podía sufrir un resfriado por este frío.

Ella estaba sentada en la cama con los brazos cruzados, tranquila y relajada, mientras que yo estaba a punto de entrar en un colapso mental.

—¿Para qué?

—Tenemos que comprar mi vestido— sonrió, inocentemente.

—¿Y ese vestido no puede esperar un poco?— negó con la cabeza, siendo terca como siempre.

No había otra opción. Ya lo sabía. Era mujer.

—Leah, te lo imploro. Son las siete de la mañana, ¡déjame dormir un poco más!

—Chay, la tienda queda lejos. Muy lejos. Y papá dijo que debo comprarlo hoy.

—Pues dile a papá que...— ella se quedó esperando mi orden atenta—. Dile que te llevaré en mi carro. No hace falta que nos lleve.

Salió corriendo como siempre, sin tener el más mínimo cuidado. Pasaba como un torbellino por toda la casa y más cuando estaba muy emocionada.

¿Por qué todos estaban felices y emocionados por la noticia y por el evento? Yo no quería ni que llegara ese día. ¿Qué tenía de especial una boda?

***

Salí de la ducha con solo la toalla en la cadera. Busqué entre mi ropa tratando de encontrar mi sudadera negra, pero me detuve apenas escuché la puerta abrirse.

—¡Permiso!

Ese cuerpo con tatuajes lo conocía demasiado bien como para no sonreír de oreja a oreja.

El destinoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora