Las ideas en su cabeza no estaban del todo claras. Tenía un objetivo, sí, pero sola, sin sus amigos, no sabía por dónde comenzar.
Tras irse de la casa de los Lang, condujo sin rumbo fijo. Aún no oscurecía y no tenía el menor deseo de volver a casa. Sus manos se aferraban al volante con fuerza, los nudillos pálidos, mientras la ciudad pasaba frente a ella como un fondo borroso al que no prestaba atención.
No se sentía bien. Fuera donde fuera, sentía que no pertenecía. Por momentos quería desaparecer del mundo; por otros, simplemente dejar de pensar, dejar de recordar el día en que convenció a su padre de realizar la misión. El día en que, por testaruda, estuvo en una batalla en la que no debía estar.
Tal vez todo hubiese sido diferente, se repetía una y otra vez.
Deseaba dejar de sentir. Olvidar ese dolor que la atormentaba, que la consumía lentamente. Ese dolor que jamás mostraría a nadie y que nunca reconocería como propio. Su mandíbula se tensó, los ojos le ardían, pero se negó a llorar.
Aturdida por sus pensamientos, por un instante dejó de prestar atención al camino. El zumbido del motor era lo único que percibía.
Volvió a enfocarse de golpe cuando sintió el auto desviarse de carril. El corazón se le subió a la garganta al ver, de frente, una camioneta que iba directo hacia ella.
Un giro brusco del volante por parte de ambos conductores, el chirrido de las ruedas sobre el asfalto, varios bocinazos ensordecedores y un nada sutil:
—¡Fíjate por dónde vas, perra estúpida!—
fue lo único que, afortunadamente, sucedió.
Tras el susto, Stella aparcó a un costado de la calle casi de inmediato. El motor quedó encendido, vibrando suavemente, mientras a su alrededor el mundo seguía su curso como si nada hubiese pasado. Pasaron varios minutos de absoluto silencio.
Se encontraba en estado de shock. Permanecía inmóvil, con las manos aferradas al volante, incapaz de soltarlas. Intentaba regular su respiración, pero le resultaba imposible: el aire entraba y salía en bocanadas desordenadas, rápidas, producto del miedo que acababa de experimentar. Sin bajar la mirada, podía ver cómo sus manos temblaban sin control.
Apretó el volante con más fuerza, cerró los ojos y tomó aire profundamente, obligándose a inhalar despacio, a exhalar con cuidado. No emitía un solo sonido, pero su mente era un caos: pensamientos superpuestos, recuerdos, culpas... demasiado ruido, demasiado peso.
Finalmente tomó una gran bocanada de aire, soltó un largo suspiro y levantó la cabeza. Observó a su alrededor, como si recién entonces volviera a la realidad. Trató de componerse. Volvió a respirar hondo y... cuando menos lo esperaba, una lágrima rodó lentamente por su mejilla.
Con un gesto rápido, se pasó la mano por el rostro y limpió aquella única lágrima. La observó unos segundos en la yema de sus dedos. Rechinó los dientes con rabia y se limpió la mano de inmediato en el pantalón, como si quisiera borrar cualquier rastro de debilidad.
No podía permitirse estar triste. No podía permitirse estar mal. Tenía algo que hacer, y no era momento de quebrarse. Estaba determinada. Iba a arreglar las cosas.
El plan no era fácil. Debía conseguir las partículas. Debía conseguir el invento de su padre: un GPS espacio-tiempo funcional, y con él, el traje cuántico. Pero estaba sola. Sus amigos la habían dejado atrás. No los culpaba; lo que les pedía era peligroso, una locura. Aun así, había creído que al menos Peter estaría de su lado.
Por más que intentaba pensar en distintas formas de conseguir lo que necesitaba, no encontraba ninguna solución viable. Solo tenía tres días para planear una locura imposible. Estaba sola... y eso era lo que más le dolía.
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PROTEGIDA Parte Tres
FanfictionLa muerte es lo único inevitable y debe aceptarse como tal. La muerte es parte de la vida. Pero hay quienes no lo aceptan. Ganaron la batalla contra el gran Titán, pero perdieron a un héroe. Stella hará lo imposible por cambiar ese destino, viajand...
