Capítulo 12 - Mesa para tres

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   Luego de la partida de Bucky, la chica se quedó allí, hundida en el sofá, con la mirada perdida en la tenue luz del televisor apagado. El silencio de la sala parecía amplificar cada pensamiento que le golpeaba el pecho. Se habían besado, se habían confesado lo que sentían, ambos eran correspondidos... entonces, ¿por qué ese nudo incómodo en el estómago? ¿Por qué esa presión en el pecho, ese vacío que no la dejaba respirar con claridad? Permaneció así un par de horas, abrazada a sus propias dudas, hasta que por fin el cansancio la venció y cayó dormida, acurrucada en medio de la sala con la manta a medio cubrir.

Pasaron algunas horas de un sueño profundo y agitado, hasta que un sonido brusco la arrancó de golpe de su descanso. Se incorporó sobresaltada, aún desorientada, justo cuando un grito infantil sacudió la tranquilidad de la casa desde la segunda planta.

Morgan —murmuró, sintiendo un vuelco en el corazón, y subió las escaleras tan rápido como le permitieron las piernas. El pasillo estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz tenue de la luna colándose por la ventana. Entró deprisa a la habitación.

Allí estaba la niña, sentada en la cama, temblorosa, con lágrimas frescas recorriendo sus mejillas sonrojadas y la pequeña luz de noche destrozada en el suelo, esparciendo fragmentos brillantes.

—¡Hey, hey! Tranquila —dijo Stella en cuanto la vio, acercándose con pasos cuidadosos. Morgan inmediatamente intentó saltar a sus brazos.

—No —ordenó suavemente, deteniéndola antes de que se cortara con los restos de la lámpara—. No te bajes de la cama. Yo voy por ti.

La niña estiró los brazos hacia ella, buscando refugio. Stella la tomó con cuidado, levantándola con un suspiro tembloroso, y Morgan enseguida escondió el rostro en su cuello, aferrándose a ella como si temiera que el miedo regresara si la soltaba.

—¿Tuviste una pesadilla? —preguntó Stella con la voz baja y dulce, acariciándole la espalda. La pequeña, con los ojos hinchados y húmedos, asintió despacio.

—Vamos —dijo Stella, saliendo de la habitación con ella en brazos, meciéndola suavemente para calmar su respiración entrecortada—. Hoy dormirás conmigo.

Con pasos tranquilos y cuidadosos, se dirigió hacia su propio cuarto, intentando transmitirle a la niña toda la seguridad que ella misma necesitaba.

Ya en la cama, Stella le dio un poco de agua, limpió su carita húmeda con la manga de su camiseta y la arropó con suavidad. Cuando ambas quedaron acomodadas bajo las mantas, Stella se giró hacia ella.

—¿Estás mejor? —preguntó en un susurro.

Morgan asintió apenas, con un movimiento tímido, pero aún con la expresión llena de tristeza. Sus ojitos brillaron antes de que hablase.

—Quiero que papá vuelva...

Las palabras cayeron sobre Stella como un golpe. Sintió cómo el pecho se le oprimía de inmediato. Morgan era muy pequeña, pero demasiado inteligente; comprendía más de lo que cualquiera esperaría de una niña de su edad. Y aun así, por más que entendiera la realidad, el deseo seguía ahí: volver a sentir a su padre, que la abrazara una vez más.

Sin saber cómo responder, Stella respiró hondo y la atrajo hacia ella.

—Yo también quiero —susurró acariciándole el cabello, con la voz casi quebrada—. Yo también quiero... pero no es posible.

La rodeó con un brazo y ajustó las mantas sobre las dos. Morgan apoyó la mejilla sobre su pecho, buscando consuelo.

—¿Por qué tuvo que irse? —preguntó la pequeña, con esa inocencia que dolía.

PROTEGIDA Parte TresHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora