La muerte es lo único inevitable y debe aceptarse como tal. La muerte es parte de la vida. Pero hay quienes no lo aceptan. Ganaron la batalla contra el gran Titán, pero perdieron a un héroe. Stella hará lo imposible por cambiar ese destino, viajand...
—No sé cómo agradecerte que te hayas quedado con nosotras estos dos días —dijo Stella a su amigo, acomodando mejor a Morgan en sus brazos mientras ambos lo despedían en la puerta de la casa. La luz del día caía sobre el porche, calentando las baldosas bajo sus pies.
—No fue nada, además me divertí mucho con esta pequeña —comentó Peter, inclinándose para pellizcar suavemente la mejilla de Morgan. La niña soltó una risita tímida y se aferró a la camiseta de su hermana.
—¿Seguro no quieres que te lleve? —insistió Stella por última vez, ladeando un poco la cabeza en dirección al auto mientras lo observaba.
Él negó rápidamente, levantando una mano en señal de tranquilidad.
—Te veré en la noche —dijo antes de empezar a alejarse.
—Nos reuniremos con Quill, iremos por Cassie y nos encontraremos con los demás allá —recordó Stella, recostando a Morgan contra su hombro.
—Genial —asintió Peter, caminando hacia atrás unos pasos—. Nos vemos.
—¡Adiós, Peter! —gritó la pequeña, agitándole la mano con entusiasmo.
.
.
Solo cuando ya no pudieron verlo, Stella bajó la mirada hacia Morgan.
—Bien, ¿qué quieres hacer? —preguntó suavemente. Morgan frunció los labios, pensativa, tocándose la barbilla con dramatismo, aunque su respuesta ya estaba decidida.
—Dibujar.
—Bien, vamos a dibujar entonces —aceptó su hermana, dejando escapar una sonrisa.
Entraron a la casa. El ambiente cálido y tranquilo de la sala las envolvió. Morgan, con la ayuda de Stella, arrastró una pequeña mesa de madera hacia el centro y comenzó a colocar las hojas, crayones y pinturas. El sonido de los lápices golpeando la mesa llenó el silencio mientras ambas se acomodaban en el suelo.
Comenzaron a dibujar de espaldas mutuamente, como si se tratara de un concurso secreto. Morgan se inclinaba hacia adelante, sacando la lengua en señal de concentración, recorriendo el papel de arriba abajo. Stella, por su parte, hacía garabatos distraídos, mirando cada tanto a su hermana sin que esta lo notara.
Veinte minutos fueron los que esperó Stella hasta que Morgan terminó. Veinte minutos durante los cuales fingió estar dedicada a su propio dibujo, pese a haberlo completado en solo unos segundos.
—¡Listo! —anunció la niña, abrazando su dibujo contra el pecho con exageración para que no se lo quitaran.
—Bien, ¿lo enseño yo primero? —preguntó Stella, alzando una ceja. Morgan asintió enérgicamente.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Stella giró su hoja y la mostró con orgullo exagerado.