Capítulo 33 - Umbral

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—¿Pepper? —volvió a llamar—. ¿Estás aquí?

Entró a la casa despacio, casi de puntillas, como si temiera romper algo con su presencia. Sus ojos recorrieron el lugar con cautela, buscando alguna señal: la cocina, la sala, los sillones impecables, todo en silencio. Demasiado silencio.

Avanzó hasta la cocina, luego a la sala. Nada. Cuando se dispuso a subir las escaleras, justo antes de apoyar el pie en el primer escalón, una voz la detuvo a sus espaldas.

—¿Stella?

Se giró de inmediato.

—Pepper... —dijo en voz baja al verla, como si aún no terminara de creer que realmente estaba allí.

—Stella, cariño —respondió Pepper, dejando con rapidez lo que llevaba en las manos sobre la mesa—. Ven acá.

Abrió los brazos sin dudarlo. Stella no lo pensó ni un segundo: cruzó el espacio que las separaba y se aferró a ella con todas sus fuerzas, enterrando el rostro en su hombro, como cuando era mas joven. El cuerpo le temblaba.

—Perdóname... perdóname por todo —sollozó, con la voz rota—. Perdón...

—Ya, ya, cariño —susurró Pepper, envolviéndola con fuerza, meciéndola despacio, como si así pudiera calmarla—. Ya pasó, estás aquí.

—Perdóname —repitió una vez más, casi sin aire—. Perdón por lo que dije... estaba molesta. Tú eres mi madre.

—Claro que lo soy —respondió Pepper sin dudar, apretándola aún más contra su pecho.

Con suavidad, se separó apenas para poder mirarla. Tomó su rostro entre las manos, obligándola a levantar la cabeza. Los ojos de Stella estaban rojos, hinchados, aún brillantes por las lágrimas.

—Ve a darte un baño —dijo con ternura—. Relájate, no tengas prisa. Ya no llores, cariño —añadió limpiándole una lágrima con el pulgar—. Yo voy a preparar té para las dos, y después me contarás todo lo que te está pasando, ¿sí?

Stella asintió despacio. Esbozó una sonrisa pequeña, frágil, y subió las escaleras sin decir nada más.

Pepper se quedó mirándola hasta que desapareció en el piso superior. Solo entonces, cuando el sonido de la puerta cerrándose llegó hasta ella, el cuerpo ya no le respondió. Se apoyó en la mesa y rompió en llanto.

Un llanto silencioso, profundo. De alivio por verla de vuelta en casa... y de culpa, por no haber visto antes cuánto estaba sufriendo.


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—Y... eso fue lo que pasó —explicó, dándole un sorbo a su taza de té.

Estaba en pijama, con el cabello aún húmedo recogido en un rodete desprolijo. Tenía el rostro más relajado, la mirada más clara, como si poner todo en palabras hubiera aflojado por fin un nudo que llevaba demasiado tiempo apretado en el pecho.

Pepper la observaba en silencio, todavía atónita. Las palabras de Stella seguían resonándole en la cabeza una y otra vez. ¿En qué momento?, se preguntó. ¿En qué momento había pasado por tanto... y ella no lo había notado?

—La verdad... no sé qué estaba pensando —continuó Stella, bajando la mirada hacia el té—. Yo, solo quería verlo. No tenía un plan malvado, ni nada por el estilo... solo... verlo —hizo una pausa, respiró hondo, mientras Pepper no le quitaba los ojos de encima.

La mujer no la apuró. La dejó seguir a su ritmo.

—Y sé que... Loki tenía razón —añadió finalmente—. Cuando me enfrentó en el bosque, dijo la verdad. No quise escucharlo en ese momento, pero... no era por Morgan que estaba haciendo todo esto —confesó con un hilo de voz—. Sí, le hice una promesa muy tonta e irresponsable... pero en el fondo era, por mí. Yo era la que necesitaba eso —tragó saliva—. Y ahora... tal vez me odie.

PROTEGIDA Parte TresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora