Capìtulo 24 - Irreversible

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El día había culminado bastante bien. Estaba bien con Stella, se podría decir que algo mejor que solo bien, y ese pensamiento le arrancaba una leve calma que no solía permitirse.

El sargento Barnes deambulaba por la cocina del apartamento que compartía con Sam, caminando descalzo sobre el piso frío mientras se preparaba para cenar. Algo rápido y sencillo sería suficiente. Abrió la heladera, sacó un par de cosas y las dejó sobre la encimera. Mientras encendía la cocina, su móvil comenzó a sonar sobre la mesa.

Se giró de inmediato. Al ver la pantalla, una leve sonrisa se dibujó en su rostro; sus hombros se relajaron apenas y tomó el teléfono con cuidado.

—Stell... hola —contestó animado.

Pero su sonrisa se borró casi al instante. Su ceño se frunció cuando, del otro lado de la línea, no fue la voz de la chica Stark quien respondió. Guardó silencio, escuchando con atención, la mirada fija en el suelo. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del teléfono mientras su interlocutor explicaba los hechos.

Tras unos segundos, respondió con voz firme:

—Voy enseguida.

Colgó, giró rápidamente la perilla de la cocina para apagar el fuego y tomó su chaqueta del respaldo de la silla. Se la puso en el camino y se dirigió a la salida con gran prisa, el cuerpo tenso y la mente completamente enfocada en una sola cosa.

El hospital de Brooklyn no quedaba muy lejos. Condujo rápido, golpeando el volante con frustración un par de veces mientras maldecía el tráfico lento que parecía no avanzar a propósito para desesperarlo. 

Al llegar, estacionó sin demasiada prolijidad y salió del auto, cerró la puerta de un golpe y se dirigió a grandes zancadas hacia la recepción.

—Stella Stark —dijo sin rodeos a la mujer detrás del mostrador.

Ella, con el rostro cansado de quien llevaba más de seis horas de turno y solo pensaba en irse a casa, revisó la pantalla frente a sí y luego señaló con el dedo, sin demasiada emoción, hacia el sector donde estaban atendiendo a la joven.

Barnes no perdió tiempo. Tampoco agradeció. Se encaminó de inmediato hacia el box indicado en la sala de emergencias, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Corrió la cortina sin pedir permiso y soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo en cuanto la vio.

Stella estaba sentada en la camilla, el torso ligeramente inclinado hacia un costado mientras una enfermera trabajaba con cuidado en su hombro. Tenía el ceño fruncido, pero estaba consciente, viva... eso era lo único que importaba.

—Bucky... —murmuró ella al verlo, esbozando una sonrisa leve, casi tímida, intentando no moverse mientras la aguja entraba y salía de su piel.

Él se acercó de inmediato, acortando la distancia hasta quedar a su lado, cuidando de no interponerse en el trabajo de la enfermera. Sus ojos recorrieron su rostro, luego la herida, con evidente preocupación.

—Stella... ¿estás bien? —preguntó en voz baja, pero firme—. ¿Qué sucedió?

Ella no tardó en responder. Tenía el discurso ensayado desde el mismo instante en que había tomado la decisión de estrellar su auto.

—Yo... volvía a casa por la avenida y... no lo sé —dijo, bajando un poco la mirada—. Creo que me quedé dormida.

Al ver la expresión confundida de Barnes, apretó los labios un segundo, lista para agregar algún detalle más a su historia, algún matiz que la hiciera creíble. Sin embargo, la mujer que la atendía habló antes, interrumpiéndola mientras continuaba con las suturas.

PROTEGIDA Parte TresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora