Capítulo 19 - Promesas imposibles

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—Hey... ¿estás bien? —preguntó Quill acercándose a su hermana y sentándose a su lado, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, observándola con atención.

—Sí, descuida —contestó Stella, sin mirarlo del todo, clavando la vista en el suelo. Fingía calma, pero sus dedos se retorcían entre sí, delatando que en su cabeza pasaban mil cosas a la vez.

El silencio se extendió unos segundos antes de que Quill volviera a hablar.

—Disculpa a Nébula, a veces puede ser un tanto brusca —justificó a su compañera, ladeando la cabeza hacia la nave

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—Disculpa a Nébula, a veces puede ser un tanto brusca —justificó a su compañera, ladeando la cabeza hacia la nave.

—Sí que lo es, pero tranquilo, todo está bien —le aseguró Stella, forzando una pequeña sonrisa que no alcanzó a sus ojos. Con solo mirarla, Quill pudo notar que no era así.

—Oye... sé que lo extrañas, no tienes que fingir ser fuerte, no conmigo —mencionó con suavidad, bajando un poco la voz, intentando no presionarla, solo estar ahí.

Stella tensó la mandíbula. Su cuerpo se puso rígido al instante. No quería compasión, no quería que la vieran como alguien frágil. Se cruzó de brazos, como si así pudiera protegerse.

—Yo no finjo, sí soy fuerte, y sí, sí lo extraño —afirmó de manera molesta, alzando la mirada para enfrentarlo.

—Te entiendo, yo también perdí a alguien que amaba —contestó Quill, intentando sonar empático, acercándose un poco más.

Pero lejos de reconfortarla, esas palabras solo hicieron que algo se rompiera dentro de ella.

—¡Pero la recuperaste, Quill! —reclamó, levantándose de golpe—. De esta época o no, Gamora volvió y está por ahí, solo debes buscarla.
Hizo una breve pausa, tragando saliva, con la voz quebrándose apenas.
—Pero yo no volveré a ver a Tony nunca —dijo dolida.

Sin darle tiempo a responder, se puso de pie por completo y entró a la nave decidida, pasando a su lado sin mirarlo, buscando sus cosas con movimientos rápidos y torpes.

—Hey, espera... —pidió Quill, levantándose de inmediato y yendo tras ella.

—Lo siento, Quill, ya no me siento bien, debo irme —contestó Stella, tomando su mochila y dirigiéndose decidida hacia la puerta, sin mirarlo.

—Rocket, cierra la puerta —ordenó el hombre con rapidez.

El mapache no dudó ni un segundo; presionó un botón y la compuerta se cerró con un sonido metálico justo frente a ella.

—¿Quill, qué estás haciendo? —preguntó Stella desconcertada, girándose bruscamente hacia él.

—No estás bien, tuviste un mal día. Quedamos en que te quedarías aquí para sentirte mejor, y ahora es todo lo contrario —explicó, levantando las manos en un gesto conciliador, intentando mantener la calma.

PROTEGIDA Parte TresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora