Capítulo 13 - Un dios herido

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  El rechazo no era algo que él pudiera tomar a la ligera. Lo había devastado. Amaba a esa chica con una intensidad que no sabía explicar. ¿Cómo era posible que ella simplemente... lo hubiese dejado de amar? Quizá sí lo entendía. Fueron cinco años. Para ella, el tiempo había seguido su curso. ¿La llama se apaga en cinco años? Tal vez sí. Ella creyó que él había muerto, que jamás regresaría. Quizás estaba confundida, quizás... tal vez sí la entendía.

Pero aceptarlo... eso era otra cosa.

Desde la última vez que se vieron, Loki no logró simplemente alejarse. Nunca podría hacerlo. Era su chica. Tal vez ella no quisiera verlo, tal vez ya no lo amara, pero él tenía que asegurarse de que estuviera bien.
Era una necesidad. Una obsesión. Un instinto.

Por semanas enteras—algunas veces durante unas horas, otras veces todo el día—la había estado vigilando. O cuidando. O lo que fuera. El caso era que siempre estuvo ahí, en las sombras, observándola desde la distancia justa para no ser descubierto. Algunas veces estuvo a un segundo de que ella lo viera... pero siempre lograba desvanecerse a tiempo, dejando tras de sí apenas un leve destello verde o un susurro del aire moviéndose.

Recordaba cada momento como si lo viviera una y otra vez. La veía tan bella, tan luminosa... tan dulce con su pequeña hermana. Recordaba cómo fruncía el ceño cuando las cosas no salían como quería, o cómo su risa llenaba la casa cuando estaba de buen humor. Recordaba también la tristeza en sus ojos cuando creía que nadie la miraba.
Recordaba todo.
Incluso el modo en que su respiración se volvía calmada cuando dormía profundamente... o cómo su corazón se aceleraba cuando se quitaba la ropa frente al espejo de su habitación. Loki cerraba los ojos algunas veces, intentando contener la emoción punzante que esos momentos le provocaban.

Pero sobre todo... recordaba la ira.

Esa terrible, abrasadora ira que lo consumió al verla con Barnes. No una vez. Varias.
Recordaba seguirla hasta el parque junto a ese "nuevo tonto hermano suyo", y cruzarse con Barnes allí, sonriendo como un idiota.
Recordaba la noche en que la vio caminando por la calle, ebria, tambaleándose, y cómo ella había intentado besar al condenado soldado. Loki apretó los puños entonces, deseando borrar esa imagen de su mente. Quiso convencerse de que solo era efecto del alcohol...
Pero luego, él la llevó hasta su casa así.
En ese estado.

Y aunque sabía que nada había pasado—porque él se quedó toda la noche observando, sin pestañear, asegurándose de que Barnes no se acercara a ella mientras dormía—la rabia lo consumía. Solo pensar que aquel hombre la tuvo durmiendo en su cama, bajo su techo, respirando tan cerca de él... pensando en ella con deseo...

Loki había imaginado mil formas de destruirlo. Mil castigos, mil agonías, mil maneras de arrancarle hasta el último suspiro.

Pero no.
Eso no sería un buen plan.

Él había "cambiado".
Era "bueno" ahora, según los estándares ridículos que intentaba cumplir.
Asesinar a Barnes no solo lo alejaría aún más de Stella... la perdería para siempre.

Y él no soportaría volver a perderla.

 Decidió alejarse un par de días, pensar bien un plan para recuperar a su chica sin tener que matar al soldado.

Esa noche, sin embargo, ya no pudo más. Necesitaba verla, hablar con ella, intentar resolver las cosas y que todo volviera a ser como antes. Con ese impulso clavado en el pecho, fue a su encuentro.

Al llegar a la propiedad Stark, se detuvo unos segundos frente a la puerta. El aire nocturno olía a césped húmedo y a silencio caro. Miró el timbre, dudando. Tocar a esas horas quizá no era una buena idea; podría dejarlo para el día siguiente. Su mano tembló apenas. Pero no... sabía lo que quería, y sabía lo que debía decir. No podía esperar un segundo más.

PROTEGIDA Parte TresHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora