Capítulo 10 - Escondidas

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—Apaga la luz... —murmuró Stella, molesta, tapándose con las sábanas.
Quiso volver a dormir, esconderse en la oscuridad, pero algo no encajaba. Esa luz no era la de Pepper abriendo las cortinas, ni la de Morgan brincando sobre su cama como tantas veces.
Era luz solar. Directa. Fuerte.
Y esa no era su cama.
Ni su habitación.

—¿Qué mier...? —susurró incorporándose de golpe. Su corazón dio un brinco.
Miró alrededor: un cuarto desconocido, paredes claras, muebles simples, olor a café recién hecho... y ella, con una playera blanca enorme que casi le llegaba a la mitad de los muslos.

—¿Dónde estoy? ¿Qué es esto? —preguntó a nadie, llevándose las manos a la cabeza.

Intentó recordar. Las imágenes venían sueltas, borrosas: Cassie, Peter, la discoteca... Cassie vomitando...
Y luego: Bucky.
El recuerdo la golpeó.
Se había quedado sola con él.
Y luego— luego ya no sabía más.

—No puede ser... —murmuró horrorizada, tirándose del cabello.

Se acercó despacio a la puerta, la abrió apenas unos centímetros, y cuando comprobó que el pasillo estaba vacío, avanzó unos pasos a escondidas hasta el final.

Entonces los vio.

Bucky y Sam, sentados en la mesa, tomando café como si nada, Sam hojeando el periódico y Bucky... sonriendo un poco mientras escuchaba algo que Sam decía.

Stella dio un paso atrás.

—No es cierto... —susurró, cubriéndose la boca.

Asomó solo la cabeza por la esquina del pasillo.

—Pssss... —intentó llamar a Bucky.
Nada.
—Pssssssssssssss —insistió.
—Bucky... —susurró, más urgente.

Él levantó la vista, la vio y sonrió apenas, una sonrisa ladeada, suave. Se levantó enseguida y fue hacia ella.

...

—Buenos días —saludó él al entrar detrás de ella en la habitación, cerrando la puerta con calma.

Para Stella no eran buenos días. Eran un horror. Una incógnita viviente.
Tenía la cabeza partida en dos.

—¿Dónde estoy? —preguntó rápido, intentando bajar más la playera para cubrirse.

—En mi casa —respondió Bucky con total naturalidad. Pero la forma en que la miraba era distinta, más atenta... más consciente.

Ella tragó saliva.

—¿Qué... qué pasó? —se frotó las sienes—. ¿Y dónde está mi ropa? —añadió, ardiéndole las mejillas. Temía la respuesta. Rogaba que Bucky no dijera lo que ella creía.

—Tu ropa se está lavando —contestó sin rodeos, levantando una ceja—. ¿De verdad no recuerdas nada?

Él esperaba, en el fondo, que sí. Qué al menos recordara cuando intentó besarlo.

Pero ella negó.

—No. ¿Pero qué pasó? —lo miró con terror creciente—. ¿Acaso tú... y yo...? —susurró, mirando la playera enorme, luego a él, luego la playera otra vez.

Bucky suspiró, un poco desanimado por lo que estaba insinuando, pero lo aclaró enseguida.

—No. No pasó nada de lo que estás pensando —dijo despacio—. La necrofilia no es mi estilo.

Le sonrió para restarle peso al malentendido.

Stella soltó el aire que llevaba conteniendo.

—Entonces... ¿qué pasó? —preguntó de nuevo.

PROTEGIDA Parte TresHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora