Capítulo 37 - Atraco al tiempo/parte 2

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     De un momento a otro, el Tesseracto en manos de Stella creó un portal que se cerró a su alrededor. Casi por instinto, en la fracción de segundo en que comprendió lo que estaba ocurriendo y sentía cómo su cuerpo era arrancado del lugar, estiró la mano y manipuló el GPS espacio-tiempo. Marcó cualquier coordenada, cualquier fecha, cualquier año: lo que fuera con tal de no ser arrojada a un punto desconocido del universo, a merced de una de las fuerzas más poderosas que existían, la Gema del Espacio.

La luz azul la envolvió por completo.

El portal volvió a abrirse y Stella cayó pesadamente sobre su destino, rodando sobre el suelo antes de quedar tendida, sin aire. Un quejido escapó de sus labios. Tardó unos segundos en reaccionar; el zumbido en sus oídos era intenso y la cabeza le daba vueltas.

Con esfuerzo, se incorporó, se puso de pie con cuidado. Se sacudió la tierra de la ropa, respirando hondo, todavía aturdida y confusa. Al alzar la vista, se encontró rodeada de abundante vegetación. Árboles altos, sombras densas. A lo lejos, atravesando la maleza, se distinguían las luces tenues de un pequeño pueblo y rápido, se dirigió hasta ahí.

Al acercarse, frunció el ceño, girando lentamente sobre sí misma, intentando ubicarse. Nada le resultaba familiar.

   Por el silencio y la escasa presencia de gente, dedujo que era tarde en la noche. Se acercó con cautela hasta el hospital que se alzaba frente a ella, un edificio sobrio, de luces blancas y apagadas. Empujó la puerta despacio y entró, procurando no llamar la atención, con el pulso todavía acelerado y la mente trabajando a toda velocidad para averiguar en qué lugar —y en qué momento— se encontraba.

El interior estaba casi desierto. Sus pasos resonaron suavemente sobre el suelo pulido mientras avanzaba hasta la recepción. No había nadie detrás del mostrador; solo el murmullo lejano de alguna máquina y el olor inconfundible a desinfectante. Sobre el escritorio, cuidadosamente doblado, había un periódico.

Stella se inclinó, lo tomó con ambas manos y leyó el titular de inmediato:

"Con bombos y platillos, Microsoft presenta Windows 95".

—¿95...? —murmuró, frunciendo el ceño. Volvió a leer, esta vez más despacio, como si las palabras pudieran cambiar—. Agosto, 1995...

Bajó el periódico apenas unos centímetros, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espalda.

—No puede ser —susurró, incrédula.

    No estaba segura de qué hacer. El Teseracto seguía con ella, pesado y frío entre sus manos. Podía intentar volver con Steve, activar el GPS y confiar... pero si algo salía mal, podía terminar en un lugar peor, o retroceder aún más en el tiempo. La sola idea le tensó el estómago.

  Guardo el artefacto en su mochila y decidió avanzar por el hospital para pensar, para ordenar el caos en su cabeza. Caminó por pasillos largos y silenciosos, iluminados por tubos fluorescentes que parpadeaban levemente. El lugar tenía un aire triste, casi melancólico, como si el tiempo se hubiese quedado atrapado allí. Todo le resultaba antiguo, cargado de una nostalgia que no le pertenecía... y aun así la envolvía.

De pronto, se sobresaltó al estar a punto de chocar con una enfermera que dobló una esquina sin mirar. Stella reaccionó a tiempo y se pegó a la pared, conteniendo la respiración. Observó cómo la mujer seguía su camino y, sin pensarlo demasiado, la siguió a distancia, con pasos suaves. Cuando vio que entraba a un pequeño vestuario, esperó unos segundos y luego se deslizó dentro.

Con rapidez, robó un uniforme. La tela le resultó extraña, más rígida, más tosca que los que conocía. Se lo colocó con torpeza, acomodándose el cabello y bajando la cabeza frente a un espejo manchado. Así, al menos, pasaría desapercibida si alguien la veía.

PROTEGIDA Parte TresHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora